sábado, 12 de abril de 2014

La revolución de Asturias: la odisea de Rufino Menéndez



La Revolución de Asturias fue uno de los episodios más negros de la II República. El acceso de la CEDA al gobierno con tres ministros provocó la furia de la izquierda. La convocatoria de huelga general se extendió por toda España. El seis de octubre, el grito «Uníos hermanos proletarios» venció en el principado. Durante quince días los revolucionarios derribaron las autoridades e instauraron el régimen comunista. 

Hasta tal grado llegó el conflicto que obligó a la intervención del ejército. Murieron varios carlistas, tales como Marcelino Oreja Elosegui, de triste descendencia, el veterano Emilio Valenciano en Olloniego, Nicolás García en Sotondio, el párroco de Moreda Tomás Suero en dicho municipio, César Gómez en Turón, el exalcalde de Éibar Carlos Larrañaga… 

La actitud del carlismo fue el apoyo a las autoridades republicanas para mantener el orden. No era oportunismo, sino búsqueda del bien común. Según narra Melchor Ferrer «en muchas poblaciones, como en el caso de Sevilla, estuvieron de custodia en las iglesias y conventos, siendo curioso que la autoridades reconocieran como documentación válida para ser armados, los carnets expedidos por las autoridades tradicionalistas»[1]. El requeté de Oviedo ofreció sus servicios al Gobernador civil quien menospreció la ayuda. En concreto, Carlos Novoa Bobes, delegado de la Hacienda Tradicionalista de Oviedo y presidente de las Juventudes Tradicionalistas junto a Suárez Mier, jefe del Requeté.  

Más tarde, la autoridad se arrepintió e intentó reunirlos sin suerte. Habían desperdiciado un tiempo precioso. Sin embargo, el Requeté carlista, la Juventud de Acción Popular y Falange Española resistieron en el Gobierno Civil de Oviedo, armados de fusiles, con guardias y paisanos. Más hábil fue el cabildo de Gijón, donde el requeté defendió el Ayuntamiento. En este contexto, publicamos el periplo del jefe local de Gijón, el caballero de la Legitimidad Proscrita Rufino Menéndez, publicada en «El Siglo Futuro».

La odisea de D. Rufino Menéndez

Ahora mi aventura. Puedo decir que he muerto a las seis de la tarde del domingo 7 y que me resucitó la Virgen del Rosario. Hacía meses que se me había insinuado que si surgía un movimiento comunista, varios de derechas, del fascio y tradicionalistas, entre ellos yo, estábamos destinados y designados para ser apresados y muertos. 

Bajé el jueves a la Adoración, y después de descansar y ver a algunos amigos, me dispuse el viernes a mediodía a volver a mi quinta de la parroquia de Roces, a cuatro kilómetros del pueblo, y teniendo que pasar por El Llano, foco principal insurgente. Ya a esa hora se retiraba el tranvía y opté por hacer un rodeo para eludir la carretera de El Llano-Sama o carbonera, y me fui por la de Gijón a Siero, buscando la vuelta de Roces. 

El sábado por la noche oí el tiroteo, y el domingo, después de Misa, fui con mis prismáticos a un alto con pretexto de ver el crucero y enseñarlo a algunos mozos; pero mi designio era filtrarme en Gijón, porque la acción, ciudadana en la aldea era nula.

LOS ESPÍAS
Allí y entonces vi el primer síntoma de que se me espiaba. Un mozo comunista increpaba a los que conmigo estaban, diciéndoles que era una vergüenza que mozos tuvieran ideas de viejos; que había que arrasarlo todo y entre tanto había que agarrar a muchos y matarlos sin compasión, pues no les valdría ni ponerse de rodillas con las manos juntas.

 Entendí que lo que decía a los mozos era para mí y confirmé que ya era público y desbordante el plan secreto y cauto que hasta mi conocimiento había llegado. Un camión de limpiezas pasó a cincuenta metros, gritando sus ocupantes: «¡Animarse, que ya viene el Soviet!». El sedicioso, varias mujeres y una vieja alzaron el puño en saludo socialista, y consideré mejor retirarme sin discutir, pero muy despacio. Al bajar la «caleya» todavía oí voces femeninas gritar: «Algunos hablan mucho en el Ayuntamiento, pero ahora oirán lo suyo.» Unos segundos después, la voz femenina: «Como a ése, que lo menos hay que volarle la quinta.» Era la una de la tarde, y los toros ciertos. 

PRECAUCIÓN
 Llegué a casa y recogí documentos, informé a mi esposa del lugar donde quedaban; nos pusimos a comer, y mi estado moral de vigilancia no me permitía pasar de la sopa. Pedí a mi esposa el «mono» y la boina y la dije que dejaba la casa. Que ella debía, en seguida de comer, tomar los tres niños y la sirvienta e irse al campo a cenar fuera, y en la duda, no entrar en la casa. 

Me embosqué en los altos de La Perdiz, un kilómetro al sur, límite de la parroquia, donde, sin ser visto, observaba mi casa, la iglesia y el barrio. Columbré a mis queridos hijos por algunos momentos y desde las dos a las seis despisté a mis perseguidores. A esta hora, aburrido y algo sonrojado, bajé a la parroquia, me entrevisté con el cura diez minutos y me ofrecí para acompañarle a un refugio en el monte, citándonos media hora después de oscurecer. 

EN EL PUEBLO
En cuanto me hice visible otra vez, maniobraron mis perseguidores, y no pasó media hora sin que se produjese el asalto. Apenas tuve tiempo para ir a ver a un buen vecino, recomendándole recogiera a mi familia. Mandé a la mujer del mismo se acercase con un pretexto a mi casa y disuadiese a mi mujer para que no permaneciese en ella. En efecto; mi mujer llegaba cerca de casa, pero no entró. En este momento seis hombres armados entran en mi finca, solitaria, gritando: «¡Rufino, llegó tu hora; sal y carga con este rifle y ven con nosotros!». El designio era llevarme armado a la primera línea, y si arrojaba las armas, como lo haría, matarme. Pasados unos momentos, salieron blasfemando y diciendo: «Aquí ya no está; el pájaro voló; por él a casa del cura». 
AL MONTE
Visto esto, di mis últimas disposiciones a mi familia y me interné con otros vecinos en un monte cercano, con el propósito de no amanecer ya en Roses ni cerca, porque sería cazado como un tordo, dado que todos me conocían y la parroquia es pequeña. Caminé monte arriba con un guía amigo, por los campos, hasta un refugio de amigos en el límite del concejo con Siero, montes altos, a dos leguas al sur. 

Amanecía cuando me acogía en su casa un honrado y laborioso campesino, cascara ruda de labriego y con textura de hidalgo y caballero. 

SEIS DÍAS OCULTO
Allí pasé seis días cabales, en una noche negra soviética de tinieblas, incertidumbre e incomunicación; oyendo retumbar el cañón rebelde en Oviedo y el leal en la Concha de Gijón, el martilleo de las ametralladoras y las blasfemias y jactancias de los rebeldes que circulaban por la fatídica carretera de Sama a Gijón, cauce entonces de corriente comunista, consumada en Langreo y Siero y casi inminente en Gijón. Expuesto a ser descubierto a la menor indiscreción y atraillado con mayor rabia a causa de mi fuga.

 Mil momentos temí que mis confidentes me trajeran la noticia de que ya toda España era soviética. Mil referencias absurdas me llegaban, incoherentes, alarmantes las más y halagüeñas pocas. Varias veces ofrecí mi vida a cambio de que Dios librase a España de tanto mal. Por otra parte mis hijos, sovietizados, educados en el transcurso de cinco años sucesivos en el odio a su padre, a su Patria y a su Religión; mi mujer ultrajada acaso... 

Me daba ánimos encomendarme al alma de mi santa madre, y me infundía valor el «detente» que me prendió en la solapa la Hermanita en Pontevedra. Tres días de horribles incertidumbres en el aislamiento de una montaña sin saber el destino de mi Patria. Sólo tenía una señal, horrible y detonante, que mantenía mi terco optimismo. Parece mentira: mi alegría la causaba el bombardeo de parte y parte. «Mientras hay lucha, el Ejército y la Marina son leales». Seis días expuesto a la ira de los forajidos al menor descuido, en plena zona sublevada, y cuatro de ellos sometido al torcedor de la duda. 

Al segundo día, ya mi espíritu había reaccionado, y tomé las primeras disposiciones para entrar en Gijón arrostrando todos los peligros; pero era en vano, dado que todos me conocían y nadie podía acercarse a los arrabales sin un salvoconducto soviético; era caminar a una muerte segura, según mis confidentes. Por Gijón, entre mis amigos corrían los más fantásticos rumores acerca de mi suerte. Quién me creía en la línea del frente, quién forzoso chofer soviético en mi coche secuestrado, que apareció días después inutilizado en la zona del fuego. 

POR FIN...
 Por fin el viernes, ayer, a las dos de la tarde, mis confidentes me traen noticias de la desbandada de los rebeldes ante el ataque de la Legión. El miércoles, y a las seis de la tarde, evadiendo miradas curiosas y temerosas, por caminos extraviados, entré de nuevo en esta población a esperar la suerte de mi Patria. ¡Líbrela Dios del infierno soviético! Perdone, señor director, lo extensísimo de este informe; utilice lo que quiera, prescinda de todo si le place, pero acepte solamente la acrisolada adhesión e intención de este amigo que presencia todavía las convulsiones de esta intervención de la Rusia soviética en la España de los Reyes Católicos. Y un abrazo a todos los amigos, de Rufino Menéndez, Jefe local de Gijón.

 Gijón, sábado, 13 octubre 1934.


[1] FERRER, Melchor: Historia del tradicionalismo español. Tomo XXX. V. I. Sevilla: Editorial Católica Española, 1979, p. 104-105.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Entrevista a Esteban Bilbao (Tercera y última parte)

EL CONCIERTO ECONOMICO CON NAVARRA

-Actualmente existe una comisión navarra que está discutiendo co el Gobierno ciertos aspectos de su Concierto Económico. ¿Cree ustedque los fueros son una solución a los problemas regionales?
 -¡Naturalmente! Yo siempre he defendido los Fueros de Navarra. En mi época de ministro de Justicia evité que el Concierto económico con Navarra, y por tanto, sus Fueros, sufrieran en su integridad.


-¿Podría ser algo más explícito en este asunto?
-Yo fui nombrado ministro de Justicia en el llamado Gobierno de la Victoria, es decir, en mil novecientos treinta y nueve. El entonces ministro de Hacienda presentó al Jefe de Estado un Proyecto de Ley que afectaba directamente al sistema foral navarro. La cuestión se planteó en un Consejo de Ministros, y yo le señale al Jefe del Estado mi punto de vista sobre esa medida. Los navarros merecían otro trato después de su decisiva aportación a la guerra, y esta medida podía traer consecuencias incalculables. Franco, con gran inteligencia, ordenó archivar el asunto y ya no se volvió a hablar de ello.

»Cada region tiene sus propias peculiaridades, y esto es tu  tesoro que debemos conservar.


UN ENSAYO SOBRE DONOSO CORTES

-Don Esteban ¿en qué está ocupado estos días? 
-Este verano, en Durango, he empezado a escribir un ensayo sobre algunas de las cosas que dijo y escribió Donoso Cortés. Han venido a verme algunos amigos y me han propuesto la edición de todos mis discursos políticos. ¿Ve usted aquel montón de folletos que hay en esa esquina de la biblioteca? Pues todos son discursos, y todavía faltan muchos más.

«UNAMUNO NO ERA ATEO»

-Creo que usted conocía muy bien a don Miguel de Unamuno ¿Cual era en realidad su actitud religiosa?
-Muy profunda. Dijo verdades como puños, y por eso algunos «beatos» se escandalizaron y todavía se escandalizan. Tuve la oportunidad de intimar con él un montón de veces. Yo le podría contar muchas anécdotas que me ocurrieron viajando con don Miguel En otra habitación tengo un lienzo muy curioso. Se trata del cuadro que pintó Lecuona, que vivía precisamente encima del piso de Unamuno. El cuadro representa a San Ignacio de Loyola herido. La cara y la figura del médico que lo está curando son precisamente las de Unamuno. Era un hombre muy inquieto y profundamente religioso. 

En una ocasión hicimos un viaje juntos el que entonces era alcalde Bilbao, don Miguel y yo. Por la noche, en el hotel, noté que Unamuno paseaba nerviosamente de un lado a otro de la habitación. Apagó la luz, pero al cabo de poco tiempo volví a oír los pasos. Estaba nervioso. Me levanté y me fui a su habitación. Le pregunté si le ocurría algo, si se encontraba bien. Me dijo que no sabía lo que le pasaba, que no podía dormir. Yo ya sé lo que le pasaba. 

Era un hombre que pensaba mucho y muy sensible. Estaba en una de sus crisis más características. Al fin le pude convencer para que se volviera a meter en la cama, le hice la señal de la cruz en la frente, y al cabo de un instante dormía como un bendito. ¿Qué Unamuno era ateo? ¡Qué me van a decir a mí! Don Miguel no era ateo, tenía sus dudas y sus crisis, pero era profundamente religioso y creyente en Dios. Su honradez no le permitía adoptar una actitud hipócrita.  

¡VEINTIOCHO AÑOS AL SERVICIO DEL REGIMEN!»

Don Esteban es un gran conversador. Me habla de muchas cosas. A punto de cumplir los noventa años, recuerda con gran lucidez sus primeras luchas electorales. Por ejemplo, me señala que en Vitoria se enfrentó con Eduardo Dato, y después de varios incidentes -intimidaciones, rupturas de urnas, etcétera- pudo conseguir el acta de diputado.
Sigue día a día un gran número de periódicos. Su mesa de despacho está repleta de ellos. Este hecho queda reflejado en su conversación: le preocupan mucho los problemas actuales. El Estatuto del Movimiento, la Ley de Sucesión -que consulta continuamente-, la reforma del Reglamento de las Cortes, el asunto de los sacerdotes de Derio, sus conversaciones de este verano con el recientemente fallecido obispo de Bilbao. «Tengo sus últimas cartas -y añade-: me escribía frecuentemente».

Durante la época en que fue presidente de las Cortes se llegaron a promulgar más de 4.000 leyes, algunas de las cuales me las enseña y dice: «Estas las hice yo..., tenga en cuenta que he dado veintiocho años de mi vida al servicio del Régimen. ¡Más de la cuarta parte de una vida centenaria!».

Ya cerca del mediodía abandono la casa de don Esteban Bilbao. Han sido más de tres horas de conversación. «Vuelva otro día y le contaré más cosas». Don Esteban representa un buen pedazo de la Historia de España; su vida política ha sido intensa y, por tanto,su experiencia es muy valiosa. Volveré.

J. C. C.