domingo 4 de marzo de 2012

El liberalismo desprecia el bien moral

El buen gobierno se ocupa tanto del bien material como del espiritual.



Algunos autores se han preguntado si desde la doctrina liberal puede existir el bien común. La respuesta es que no. Según Funes Robert se debe a que el gobierno se funda y orienta por un número limitado y mínimo de dicho bien. Es de interés público fomentar la exportación, defender la reserva de divisas, estimular el turismo, etc. Pero si toda la política se apoya únicamente en esos tres o cuatros aspectos del interés común, la política será contraria a dicho interés, por la omisión en que necesariamente se incurre de otros muchísimos aspectos y partes de dicho bien común, a lo que no se hace ningún caso en virtud de la hipótesis de que el gobierno está compuesto por un número ilimitado de expertos en aspectos limitados de dicho bien común.



Así Vallet de Goytisolo nos habla de la división del bien en físico y moral. Y en consecuencia de las ideologías materialistas, la restricción del concepto del bien común al bien material, al bien físico, prescindiendo del bien moral. Así lo observamos en el imperio del liberalismo en lo moral y del intervencionismo en lo económico, cada vez más patentes en la política de los estados de Occidente.



Sin embargo, Leopoldo Eulogio Palacios recuerda que el bien físico no es el único bien posible y no es ni siquiera el mejor, según averiguamos al compararlo con el bien moral. Bienes físicos son la hartura, la salud, la paz, la libertad que nos permite vivir exentos de hambre, enfermedad, guerra o cautiverio. Y siendo bienes indudables y preciosos, con todo son menos importantes que otros como la justicia, la caridad, la paciencia, la templanza; con que combatimos la injusticia, el egoísmo, la tristeza, la sensualidad. Hoy, no obstante, falseamos la justicia al confundirla con la distribución igualitaria de los bienes físicos, rechazamos la caridad como algo superado, negamos la virtud de la paciencia que es calificada de engaño burgués al pueblo para explotarlo mejor, y despreciamos la templanza como una represión basada en viejos tabús de los cuales debemos liberarnos.



La primacía del bien moral nunca es ajena a la política y, sin embargo, hoy se tiende a promover y desarrollar bienes físicos sin limitaciones éticas: primero, en razón de su carácter común, sin distinción de su color moral, que les hace apetecibles por cualquier género de hombres, sea cual fuera su calaña. Así no es de extrañar que los bienes físicos sean los predilectos de los gobierno, pues, los gobiernos tienen necesidad de conseguir los sufragios del mayor número de súbditos (o tratan de apoyarse en la masa contra las minorías discrepantes, en los regímenes donde no se acude al sufragio, o este no es decisorio, añadimos nosotros), sin cuidarse de discernir entre los hombres egregios y los vulgares.

En toda político ganoso de triunfar asoma enseguida un demagogo. Pero además, el bien físico es susceptible de abuso, lo que es un atractivo para la malicia humana, que gusta de crearse menesteres y variar los objetos de consumo sin razón y sin tasa; ya que los excesos no se detienen, sino que ruedan en cadena, quizá porque estas cosas materiales no hacen bueno al hombre, no le perfeccionan ni edifican, y son como el agua del mar, que aumenta la sed del que bebe.



Hay, pues como también hemos visto un falso concepto del bien común transformado en un bien material colectivo, distribuible, orientado principalmente, en la economía , a la consecución de un mayor haber repartible, y no en favorecer el ser mejor, pensando que el vivir mejor, objetivo del bien común, no depende del resultado personal en los ciudadanos sino de aquél reparto.



Notemos, ante todo, que - como ya observó Santo Tomás de Aquino , en su Suma Teológica I.ª IIæ, q. 90, a. 2, ad. 2 - el bien común requiere la ordenación de los bienes particulares, pero no su absorción, pues éstos -dice- pueden ser ordenados a un bien común no por comunicación genérica o específica, sino por comunicación de finalidad, por lo cual el bien común es también fin común.



En De Regimine Principum (Lib. I, Cap. XIV y XV) precisa cuál es el fin intrínseco de ese bien común en que todos y cada uno de los miembros de la comunidad puedan llevar juntos una vida buena que aisladamente no podrían conseguir; siendo el fin último vivir según la virtud, lo cual requiere el logro de la paz, ella concordia y la tranquila convivencia en el orden y, como facto instrumental y secundario, la suficiencia de bienes materiales.



Advirtamos que, conforme a este criterio las partes no deben subordinarse totalmente al todo, sino únicamente en lo referente al bien común (S. T. I.ª, IIæ, q. 21 a. 4, ad. 3).

Por otra parte, como la sociedad política soberana, el Estado, es la coronación de otras sociedades humanas, que la sociabilidad del hombre produce para la realización de sus fines, el bien común en la sociedad política debe completar los de las demás sociedades inferiores y naturales sin absorberlas. Lo cual delimita el ámbito en el que el Estado debe desenvolver su poder, y perfila el denominado principio de subsidiaridad.

domingo 26 de febrero de 2012

Misa de los Mártires de la Tradición


En cumplimiento de lo dispuesto en 1895 por el Rey Carlos VII desde su exilio, el sábado 3 de marzo de 2012, a las 20:30 (ocho y media), se ofrecerá por los Mártires de la Tradición la misa que se celebrará en la Parroquia de San Lorenzo, C/. Pedro Niño, 2, de Valladolid.

Solidaridad de los vivos y los muertos. Presencia de que el sacrificio de los mejores no fue estéril, que la misión que ellos nos dejaron sigue adelante por la sucesión de las generaciones. Esto representa la festiviad de los Mártires de la Tradición.

Y cuando en este 10 de marzo suban hacia el Señor nuestras oraciones, irán envueltas en una sana admiración que llegará hasta el grupo valiente de los que defendieron el alma española en una lucha tenaz en que las armas se movían unas contra otras porque en el campo de las ideas chocaban dos conceptos de vida.

Ellos no quieren nostalgias, sino oraciones. Escribieron con sangre la fe que profesaban; por eso son mártires. Ya no llevan boina roja... Nos la dejaron en el relevo de su puesto como símbolo de la sangre con que regaron las tierras de España. No son los "soldados desconocidos"de la liturgia laica, porque "ante Dios- como reza la ordenanza del Requeté- nunca serás héroe anónimo". Rafael Rodríguez Zapatero.


Comunión Tradicionalista
Agrupación de Estudiantes Tradicionalistas (AET)

martes 14 de febrero de 2012

Sobre la reseña de "Sol en las bardas. La forja oculta de Carlos Hugo."





El pasado sábado, en el suplemento literario La sombra del ciprés, perteneciente al Norte de Castilla, nos sorprendía por una de sus reseñas. Este trataba sobre el libro Sol en las bardas. La forja oculta de Carlos Hugo.

Sin embargo, es necesario realizar unas correcciones a la reseña, debido a la ignorancia manifiesta del autor sobre el Carlismo:

La Comunión Tradicionalista combatió a la República desde sus inicios, al igual que durante la "Restauración". Y ésto, se debe al rechazo fundamental que ocasionaba toda manifestación del derecho nuevo o revolucionario en la organización de la sociedad. Así es que con Alfonso Carlos y más tarde, en la Regencia, con Don Javier se luchase contra la República. Pero con el deseo de restaurar la monarquía social y representativa. Nunca para colocar a Franco.

A pesar que los tiempos de guerra traen extraños amigos, el carlismo nunca mostró simpatías por el régimen franquista y, por ello, recibió persecucción. Don Javier de Borbón sería expulsado de España, y más tarde, será recluido en los campos de concentración nazis sin que Franco moviese un dedo por su salvación. Fal Conde será desterrado, y mientras, el decreto de unificación obligó a la clandestinidad de la Comunión. Lo que no había hecho la República, lo hizo Franco.

Así es como desde 1937 hasta 1956 la política de la Comunión será de oposición, y su principal valedor será Fal Conde, jefe delegado de la Comunión Tradicionalista. Las personas que acepten cargos del Régimen serán expulsados: Bilbao, Rodezno... Con la llegada de Carlos Hugo esta situación cambiará, pues como el dijó:

Me reuní con Fal y con mi padre. Mi tesis era que el enemigo mortal de Franco no podía, en estos momentos, ser el representante del Carlismo. La de Fal era algo diferente; no defendía en absoluto su cargo, porque era un hombre de entrega total. Mantenía la tesis de que el Carlismo tenía que manifestar claramente que no tenía nada que ver con Franco. Yo no estaba de acuerdo con ella, porque la época de la guerra civil y de la represión a ultranza; los campos de concentración, la acción directa brutal y la represión indiscriminada, ya había pasado. Era necesario un diálogo con el Sistema.

La presentación de Carlos Hugo en el 57 en Montejurra, acompañada de Rafael Gambra (calificado por la historiografía marxista como integrista) muestra un Carlos Hugo todavía cuerdo con la tradición española. Nada de federalismo alemán, ni de centralismo borbónico. Lo primero, porque Alemania no tiene la patente y tiene sus diferencias en el apatato estatal y, en lo segundo, porque en España nunca se llevó a cabo.

Y la supuesta renovación crítica de un pobre y mediocre abrevadero cultural muestra que el autor habla de oídas. Para empezar podríamos hablar de la monumental obra de la Historia del tradicionalismo Español, con treinta tomos y la mejor obra hasta ahora que ha tratado el tradicionalismo. También podríamos hablar de la Editorial Tradicionalista o de la colección Montejurra y del desarrollo de los círculos Vázquez de Mella. Fundaciones y editoriales que perdieron su calidad y seriedad por la renovación ideológica (en verdad significó la ruptura) . Cuando se intentó, en un juego de malabares, adaptar la historia del carlismo a la historiografía marxista.

Tristemente. el príncipe salió rana. Reproducimos una de las últimas entrevistas a Don Carlos Hugo, aparecida en La Vanguardia el 5 de febrero de 2005.



martes 7 de febrero de 2012

Sobre la jerga de los valores

Los oímos a menudo: valores cívicos, democráticos, cristianos... El tono meloso con el que se enuncian provoca el rechazo con tan sólo escucharlo. Quizá se deba principalmente a la ambigüedad que conllevan como explicaba Miguel Ayuso en el último número de la revista Verbo:

Vivimos en Babel, en la nueva Babel de las ideologías, donde a diferencia del episodio del Génesis, en que los constructores no se entendían entre sí a causa de hablar causas distintas, hoy no nos entendemos siquiera en nuestra lengua. Hoy no es que usemos palabras distintas para expresar una misma cosa sino que expresamos cosas distintas con la misma palabra. Pero, a lo anterior, el equivocismo, se añade un empobrecimiento univocista.

O a la subjetividad. No dejan de ser depósitos, en donde el hombre deposita un significado mayor o menor (por tanto de naturaleza variable e inconstante), como explicaba Yves R. Simon:

Cuando hoy oímos hablar de valores morales, valores estéticos, valores sociales, valores políticos, valores espirituales, etc; éstos proceden de la mente, proceden de fuera de las cosas, no están corporizados en entidades, en la naturaleza; pues, “esto tiene valor”, no significa que, por razón de lo que es la cosa, ésta valga para algo más, para alguna operación o para alguna relación: su valor es algo que se le asigna a la cosa por la mente, mientras en sí misma permanezca sin valor, sin naturaleza. Es decir, corresponde al deseo de los hombres en un pagar un cierto precio por el uso y posesión de una cosa, más que a la relación objetiva de ésta con el buen vivir humano.

viernes 20 de enero de 2012

La enfermedad del Príncipe de Asturias, Don Jaime. Valladolid y Nava del Rey.



En 1902, Don Jaime, entonces Príncipe de Asturias, enfermó de difteria. Las primeras noticias sobre su enfermedad llegaron a España el 13 de enero. Pronto, se organizaron misas y actos religiosos en casi toda España, para pedir su restablecimiento. Hecho por el que Carlos VII comentó aún más que a la ciencia atribuyo su mejoría a las oraciones de mis fieles Carlistas.

Después de unos días de mejoría, el 18 aumentó la fiebre y se agravó su estado. Carlos VII ordenó el mismo día 18 al Conde Maillé, su representante en Francia, que gestionará la autorización del Gobierno francés para ir a verle. Conseguida ésta, los Reyes salieron de Venecia para Niza el día 19, que fue el más crítico de la enfermedad.

El 20 llegaron a Niza, encontrándole ya con menos fiebre y algo mejor. Las noticias, llegadas a Madrid el día 21, indicaban que la fiebre había desaparecido y que el estado general era satisfactorio, estando ya fuera de peligro. EL día 22 las informaciones recibidas decían que “Don Jaime ha sufrido una operación en la tráquea, realizada con toda felicidad y que seguía mejorando”. La noticia de la operación en la tráquea fue desmentida luego.

Durante su enfermedad fue visitado por su padre, Carlos VII, el obispo de Niza y el expresidente de la República del Ecuador, el señor Flores; pero estuvo acompañado continuamente por Tirso Olazábal y el Padre Puinal. Su convalecencia fue lenta, pero firme.

Por ello, se propuso la creación de un pequeño libro con las firmas de los miembros de las Juntas o de municipios. El libro fue titulado como La España Católica a Su Príncipe, Don Jaime. Entre sus páginas destacamos del entorno vallisoletano las ciudades de Nava del Rey y Valladolid:











sábado 14 de enero de 2012

Las pretensiones del Estado



Tan ridícula y absurda es la consabida fórmula del liberalismo clásico: la ley es la expresión de la voluntad nacional como decir que es la expresión de la voluntad de un soberano. La ley es la expresión de la razón y de la justicia y nada más. José Domingo Gafo, O.P

Hobbes ha puesto encima de Leviatan una corona, Robespierre le ha tocado con un gorro frigio y Lamennais, una mitra. Denys Cochin

sábado 7 de enero de 2012

La sociedad de consumo


A través de los planteamientos económicos liberales, se llega a la sociedad de consumo, "especie de estómago inmenso, mitológico, en el cual se diluye el hombre moderno y se convierte a la vez en una entidad mítica"... "resultante de la economía al revés, que, queriendo ser una economía de productores, no puede asegurar su continuidad contra natura", si no es invirtiendo la relación entre productor y consumidor, constriñiendo a éste, "para sobrevivir, a adaptar, por todos los medios, el consumidor global a su producción global", haciendo así del consumo un "sólo y único receptáculo gigante" y "elástico".

Cuando ese ritmo creciente del consumo requerido por el incremento de la producción, cede y se rezaga, quedan excedentes de ésta sin consumir, y entonces se recurre al Estado, instaurando su intervención en la economía. Este, a su vez, segrega "una presión fiscal delirante y una reglamentación cancerígena", para reavivar la productividad, en una "economía amañada" que "deja su lugar a un mecanismo burocrático" y se suple "su vitalidad extenuada con una acumulación de aparato de prótesis". Como último recurso, acude a la inflación, "el estupefaciente por excelencia que los Estados utilizan para desenmascarar la quiebra de sus injerencias en la economía".

Marcel de Corte