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martes, 18 de septiembre de 2012

Las Memorias de Alfonso Carlos: Domingo 18 de septiembre de 1870


DOMINGO 18 DE SEPTIEMBRE DE 1870

Al amanecer nos hicieron trasladar las armas que allí teníamos, delante la casa, a un caminito del mismo jardín que, por tener una muralla delante y por su posición, era muy abrigado, aunque los italianos bombardeasen la ciudad. Aquí se formaron los pabellones; se dejaron en la casa de la Academia de Francia todas las mochilas, y cada soldado tomó consigo únicamente el capote y la manta rollada. Al amanecer, que creíamos oiríamos cañonazos, nada se oyó. Sin embargo, como era el aniversario de Castel Fidardo, yo creía todavía que lo escogerían los italianos para atacarnos.

A las seis y media, el Padre Gerlache (jesuita, capellán de zuavos) nos dijo la Misa, por ser domingo en el mismo jardín, sobre un altar formado con algunas piedras. Todos los zuavos oímos esa Misa con mucha devoción, y siempre se creía que empezarían los cañonazos. Hubo zuavos que comulgaron en esa Misa, a pesar de las malas noches que acababan de pasar. La ceremonia concluyó sin novedad. A las nueve de la mañana, al momento que los zuavos iban a comer la sopa, se oyó un tiro de cañón en la dirección del Macao. No es posible exprimir el gozo que este golpe produjo entre nosotros. Y los zuavos, sin que nadie les mandase, dejaron la sopa y, corriendo a las armas (que estaban un poco lejos del punto donde se hizo la comida), daban vivas a Pío IX y cantaban.

Estuvimos casi una hora formados bajo las armas en ese mismo camino. Se oyeron varios cañonazos y tiros, pero se supo luego que no había nada todavía para nosotros.  Únicamente algunos batallones italianos se aproximaban a Roma en la dirección del Macao, y la artillería pontificia ensayaba las piezas con bastante acierto y causando pérdidas al enemigo. Luego formamos otra vez los pabellones. Entonces, unos zuavos franceses (de grandes familias), que habían hecho traer al jardín un magnífico almuerzo, me convidaron a comer con ellos.

Allí estuvimos muy alegres, sentados en el suelo entre los árboles, y a cada momento se oía otro cañonazo, que, por poco, temíamos nos hiciese interrumpir el buen almuerzo; y si hubiesen llegado las balas allí hubiesen roto muchas botellas de vino que teníamos. Todo el día lo pasé muy alegremente. Vinieron allí a verme el Marqués y la Marquesa de Villadarias, la cual distribuyó pan y fruta a los zuavos. La Marquesa estuvo un rato allí con los zuavos españoles.

Villa Borghese
Se veían las tropas italianas, que cada día adelantaban hacia Roma y ya estaban muy cerca, de modo que se distinguían los regimientos de Infantería y los de Caballería y se veía cada movimiento que hacían. Por la tarde, con permiso de mis jefes, logré ir a mi casa para mudarme y comer. Allí vi al Padre Martín (Padre General de los Trinitarios españoles), que pedía noticias mías. Y enseguida, deprisa, volví al campamento, en la Villa Médici, pues no quería alejarme de mis zuavos. Todos los oficiales recibían permisos para ir a comer a la ciudad, pues el ataque no era tan inminente. Los soldados no podían nunca salir fuera del jardín aquel, y allí se les hacía su comida. Por la noche, como de costumbre, rezamos el Rosario juntos los zuavos españoles, y a las nueve me acosté con mis zuavos en ese camino del jardín, sobre paja, al aire libre, de manera que podía ver libremente las estrellas estando en mi cama.

Por la noche se oían cortar árboles en la Villa Borghese y otras, alrededor de Roma; eran los italianos, que colocaban sus baterías. La noche era hermosísima.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Las Memorias de Alfonso Carlos: Sábado 17 de septiembre de 1870

SABADO 17 DE SEPTIEMBRE DE 1870

Vistas desde Villa Médici
Antes de las tres de la mañana vino a casa Sánchez a despertarme, pues la Compañía había recibido orden de ir inmediatamente a Villa Médici. Me desperté y levanté enseguida y me fui a mi cuartel de San Agustín; pero ya había marchado la Compañía y sólo quedaban de guardia allí el cabo Hofmann y tres zuavos. Fui lo más pronto que pude a la Villa Médici, pasando por Ripetta, Corso y Plaza de España, y todo estaba tan tranquilo como siempre. En la Villa Médici encontré a mi Compañía. Allí estaban otras de Zuavos; es decir, la tercera del tercero y la cuarta del primero.

Se creía que los italianos iban a atacar al amanecer, y por eso se tomaron todas las debidas precauciones. Yo estuve un buen rato en cuarto del Coronel, allí en la Academia de Francia. Amaneció el día, sin que los italianos atacasen. A las nueve de la mañana los soldados de mi Compañía tomaron la sopa, y yo también con ellos. Todo el día se pasó muy alegremente. Estuve con varios zuavos españoles echado sobre la paja, y desde allí escribí a mi mamá(sin que la carta pudiese marchar en ese día, como era natural, por el sitio).

Subí varias veces sobre una pequeña glorieta del jardín, y desde allí se veían muy bien las tropas italianas. Se veía un campamento al lado de la Storta, pueblecito cerca de Roma, en el camino de Viterbo. Otro campamento estaba en el camino de Civitá Castellana. Durante el día levantaron el campamento y llegaron hasta cerca del Monte Mario, y después marcharon a la izquierda, hacia la Villa Albani (delante Puerta Pía).

El carlista Obispo de Daulia
Nuestros soldados tenían formados los pabellones delante la Villa Médici, en el mismo jardín, y aquí nos paseamos todo el día muy alegres, con esperanzas de obtener lo que no pudimos lograr. A las cuatro de la tarde con el permiso del Coronel Allet, pude ir a comer a mi casa. A las cinco volví a Villa Médici. Vino entonces la  música de los zuavos y tocó en el jardín hasta las seis y media. Allí cerca, varios zuavos y yo nos pusimos a bailar y estuvimos muy alegres. Vinieron a verme el señor Obispo de Daulia y el Marqués de Villadarias, y después los dos Capellanes de zuavos españoles, D. Silvestres Rongier y D. ...; también vino allí Manuel Echarri.

Por la noche los zuavos cantaron, y un zuavo holandés hizo allí un discurso a todos los demás, gritando, con cuanta voz tenía, no sé qué. Por la noche vino también el Padre Dussan, dominico, capellán de los zuavos franceses. Era muy edificante el ver en el jardín, al anochecer, muchísimos zuavos que se confesaban de rodillas en el suelo y con muchísima devoción.

Aquella noche reuní a los zuavos españoles de mi Compañía les hice cantar canciones y nos divertimos mucho; esto se concluyó con rezar el rosario. Y a las nueve de la noche nos echamos a dormir sobre paja en un partazco o especie de cuarto abierto, que había en el jardín. Yo me puse allí para estar al lado de mis soldados, por si acaso ocurriese cualquier cosa. Me acosté sobre la paja, detrás de una estatua que me preservaba un poco del aire; sobre mí tenía una manta y un capote. Alrededor del jardín y en el mismo jardín había centinelas que vigilaban toda la noche. Al acostarnos creímos que, seguramente, los italianos nos atacarían el siguiente día, pues el 18 de septiembre era el décimo aniversario de la batalla de Castel Fidardo. Dormimos perfectamente. Por la noche llegó allí una Compañía de zuavos que estaba en el Puente Molle, en la avanzada, y no enviaron ya ninguna otra allí, juzgándolo demasiado peligroso, por ser tan pocos contra tantos. 

domingo, 16 de septiembre de 2012

Las Memorias de Alfonso Carlos: Viernes 16 de septiembre de 1870.


VIERNES 16 DE SEPTIEMBRE DE 1870

Villa Médici
Poco después de media noche salió un poco de luna, lo cual nos vino muy bien, para ver lo que pasaba delante de nosotros. Ya estábamos dispuestos a pasar toda la noche sobre el Puente Molle, cuando vino un dragón a anunciarnos que nos iban a relevar. Efectivamente, a la una y media de la mañana llegó la cuarta Compañía del primer Batallón, con el Capitán Desclée y el Teniente Mauduit, para relevarnos. Esta Compañía, que fue una de las que se salvaron con la retirada de Charette, perdió veinte hombres y el Subteniente, prisionero en Bagnorea, y así ya estaba reducida a unos setenta hombres apenas. En cuanto llegó esta Compañía, mi Capitán hizo reunir  la suya y marchamos a Roma, llevando entre las dos secciones los espías cogidos.

Llegando a Puerta del Pópolo entregamos los dos espías a otras tropas, de los que no supimos nada más; subimos a Villa Médici, cerca del Pincio, donde habíamos dejado nuestras mochilas y capotes la víspera por la mañana. Los soldados hallaron por toda comida una sopa, que los esperaba desde diez horas y que ya estaba más que fría. La tomaron muy bien, y enseguida se acostaron en la entrada de la Academia de Francia (Villa Médici), sobre un poco de paja, donde ya había otros zuavos. En esta Villa estaban el Coronel Allet, el Comandante Troussures y el Comandante Lambilly, y desde allí el Coronel Allet mandaba las Compañías que estaban en su zona militar. Como tenía hambre, y a esa hora no sabía donde ir a comer, aproveché del convite de un ataché de la Embajada francesa, M. d´ Emoy, y juntamente con el Capitán y el Teniente fui a comer a su casa, allí cerca. Aunque era una hora muy intempestiva (cerca de las tres de la mañana), el buen señor nos dio excelente comida. Enseguida volvimos a subir hasta la Academia de Francia, y las pobres rodillas, que no habían gozado con la comida, como el estómago, se quejaban del peso que llevaban.

En fin: llegamos arriba y con mucho trabajo encontré un puesto que estuviese libre: me eché sobre la paja y, abrigándome con mi capote, enseguida me dormí. Me desperté cuando ya era completamente de día, y sufrí bastante frío, pues llevaba poco abrigo durante la noche. Vi a nuestro querido Coronel Allet, que me dijo que no había nada de nuevo por ese día. Por lo mismo, en cuanto tuvimos comida la sopa, a las nueve, el Coronel dio orden para que la sexta del segundo fuese a su cuartel para limpiarse y descansar un poco, pues había venido allí, en lugar suyo, otra Compañía. Recibimos esta noticia con mucho disgusto, y los mismos soldados decían: “El cuartel es una prisión.” Y especialmente temíamos que, una vez en el cuartel, no seríamos ya de los primeros en batirnos. Y además, estábamos ya acostumbrados a vivir al aire libre y nos gustaba mucho.

Hube de obedecer, y las nueve y media, atravesando por la Plaza de España, el Corso y Ripetta, llegamos a nuestro cuartel de San Agustín, que habíamos dejado en la noche desde el 13 al 14.

Marqués de Villadarias
Pasando por las calles vimos que casi cada casa llevaba su bandera, y todo esto por miedo del bombardeo o de un saqueo. En el cuartel se mandó que todos quedaran consignados y que nadie pudiera salir. Además, un Oficial debía quedar, a lo menos, siempre en el cuartel. Como yo estaba de semana quedé en el cuartel. Entretanto los soldados se lavaron, mudaron de ropa y se arreglaron un poco. Yo me hice traer un almuerzo allí. El Marqués de Villadarias vino a visitarme en el cuartel, y también Manuel Echarri, que me trajo cosas que necesitaba. A las cuatro y media de la tarde vino al cuartel el Teniente Derely, y yo marché a mi casa, al número 300 al Corso, con mucho gusto. Allí me lavé y limpié, después de muchos días que no tocaba el agua, y me pareció renacer y quedar como si no hubiese hecho nada hasta entonces.


A las cinco comí en casa con mucho gusto, y a las siete volví otra vez al cuartel. Entonces se marchó el Teniente. Por la noche, en el cuartel, los zuavos, casi todos holandeses, iluminaron un altarito delante de la Virgen, y hasta las diez no hicieron más que cantar.  Después me puse yo sobre una cama para descansar; pero las muchas pulgas que había en el cuartel no me dejaban dormir, a pesar del sueño que tenía, y ya echaba de menos la cama del Puente Molle, sobre las piedras, y por cabecera, la acera del puente. Pero a las once y media el buen Teniente Derely vino al cuartel y dijo que iba a dormir allí y que yo me fuese cómodamente a mi casa, dejando a mi asistente Sánchez en el cuartel, con orden de llamarme si ocurría algo.

En las calles no había nadie, y la ciudad estaba tan tranquila como siempre. En la plaza Colonna estaban acampadas dos compañías de zuavos y bastante artillería. Fui a casa, la que encontré cerrada; me abrieron y subí a mi cuarto, en donde estaba Manuel; me acosté en mi buena cama, lo cual me pareció delicioso, y dormí perfectamente.