jueves, 20 de septiembre de 2012

Capitulación de Roma

CAPITULACIÓN DE ROMA, FIRMADA POR EL GENERAL EN JEFE DE LAS TROPAS ITALIANAS Y POR EL GENERAL EN JEFE DE LAS TROPAS PONTIFICIAS

“Villa Albani, 20 de septiembre de1870.

1._ La ciudad de Roma (excepto la parte que está limitada al Sur por los bastiones de Santo Espíritu, y comprende el Monte Vaticano y el castillo de San Ángelo, y constituye la Roma Leonina), su armamento completo, banderas, armas, polvorines, todos los objetos pertenecientes al Gobierno serán entregados a las tropas de Su Majestad el Rey de Italia.

2._ Toda la guarnición de la plaza saldrá con honores de guerra, con banderas, armas y bagajes. Terminados los honores militares, depondrán las banderas y armas, excepto los oficiales, que conservarán sus espadas, caballos y todo lo que les pertenezca. Saldrán primero las tropas extranjeras y, después, las otras, según su orden de batalla, con la izquierda en cabeza. La salida de la guarnición se verificará mañana, a las siete de la mañana.

3._ Todas las tropas extranjeras serán despedidas, e inmediatamente vueltas a su patria por medio del Gobierno italiano, empezando desde mañana a enviarlas en ferrocarril a las fronteras de sus países.

El Gobierno queda en libertad de tomar o no en consideración los derechos de pensión que pudieran haber estipulado con el Gobierno Pontificio.

4._ Las tropas indígenas serán constituidas en depósitos, sin armas, con el haber que tienen actualmente, mientras determine el Gobierno del Rey sobre su posición futura.

5._Durante el día de mañana serán enviados a Civitá Vecchia.

6._ Será nombrado entre ambas partes una Comisión, compuesta de un oficial de Artillería, uno de Ingenieros y un funcionario de la Intendencia; para el cumplimiento del artículo 1.º

Por el Ejército italiano, el Jefe de Estado Mayor, F. D. Primerano.

Por el Ejército italiano, el Jefe de Estado Mayor, F. Rivalta.

Visto, rectificado y aprobado, el Comandante las armas en Roma, H. Kanzler.

El Teniente General, Comandante del 4.º Cuerpo de Ejército, R. Cadorna.”

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Las Memorias de Alfonso Carlos: Lunes 19 de septiembre de 1870.


LUNES 19 DE SEPTIEMBRE DE 1870

El Conde de Caserta
Por la mañana me desperté, después de haber dormido sin interrupción nueve horas y media, mejor que si hubiese estado en mi cama. A las nueve de la mañana dieron la sopa a mi Compañía, y yo comí también en mi cazuela. A las doce vino a la Villa Ludovisi el General Kanzler y se paseó con nosotros en el jardín. Poco después llegaron también los Condes de Caserta y de Bari, pero luego marcharon todos. De cuando en cuando se oían tiros, especialmente en la dirección de Macao, pero sin resultados para el momento. A las dos de la tarde la ametralladora fue llevada desde la Villa Médici (en donde se hallaba desde unos días) a la puerta de San Juan Laterano, donde quedó. Con ella estaban, para manejarla, cuatro o seis zuavos, es decir, el sargento Du Puget (antiguo secretario del Coronel), el Duque de Sabran, el hermano de Charette (rubio, soltero) y el Doctor de Oer, propietario de la ametralladora. Esta ametralladora tenía doce fusiles Remington y tiraba quince disparos por minuto.

Por la tarde, a las cuatro y media, fui a casa para comer. Pasé en coche por el Corso y Plaza Colonna, y fue la última vez que fui de paseo por Roma y que estuve en casa. El Corso estaba tan lleno de coches elegantes, casi como siempre, a pesar de estar la ciudad sitiada desde varios días y amenazada de un bombardeo. En Plaza Colonna se veía mucha tropa acampada.

Por las calles habían echado tierra para que los dragones, que llevaban órdenes al galope, no cayesen; por esto había mucho polvo en la ciudad. Desde varios días se leían sobre las murallas los anuncios del estado de sitio declarado en Roma y firmado por el Ministro, General Kanzler.

Todas las calles estaban llenas de patrullas numerosísimas de gendarmes y de squadriglieri, pues siempre se temía una revolución dentro de Roma, para lo cual el Gobierno italiano había pagado muchísimo, pero los romanos no se atrevieron a sublevarse. Por la tarde Su Santidad fue en coche hasta la Escala Santa, pasando por toda la ciudad, donde se le hicieron inmensas demostraciones de afecto; todos corrían a verle pasar. Su Santidad subió de rodillas toda la Escala Santa y rezó allí durante mucho tiempo, volviendo después al Vaticano. Este paseo de Su Santidad, en momentos tan terribles, produjo una impresión extraordinaria. Yo comí deprisa en casa, saludé a Manuel, pasé al Jesús para ver allí a mi confesor, el P. Gil (pero como él estaba ocupado y yo tenía prisa, no pude verle), y enseguida, en compañía del buen Coronel Redondo (antiguo guardia de Corps de Fernando VII), fui a nuestro campamento de Villa Médici.

Desde la torre de la casa de la Academia  de Francia se veían muy bien los italianos. Hubo un momento de alarma, pues el Coronel creía que había soldados italianos ya cerca de las murallas en la Villa Borghese, pero luego se averiguó que no había nada. Varios capellanes nuestros vinieron allí por la tarde y distribuyeron a los zuavos medallas y escapularios, y muchos zuavos pusieron los escapularios por encima del uniforme. Además llevábamos todos esas pequeñas cruces rojas bendecidas por Su Santidad y otra estampa de tela que tenía impreso el Nombre de Jesús, también hechas distribuir a los soldados por Su Santidad.

Puerta de San Juan de Letrán
Por la tarde, a las seis, empezó a amenazar de llover, y entonces el Coronel mandó a nuestra Compañía entrar otra vez en el atrio de la casa, para estar a cubierto durante la noche; y yo fui a llamar a la Compañía al camino donde habíamos dormido la noche antes, y la traje aquí al atrio, donde tuvieron que estar muy apretados los hombres. Al anochecer, la cuarta Compañía del primero, que estaba allí, recibió orden de marchar a la Puerta Pía como refuerzo. En la Puerta Pía estaba desde cuatros días antes la quinta Compañía del segundo Batallón (Cap. De la Hoyde; Ten. Montcabrier; Subten. Tortora; Subteniente de la Borde). La tercera del primero fue también allí al lado, en la Villa Bonaparte.

En la Puerta Salara estaba la sexta del primero (Capitán Joubert). Además estaba en la Villa Ludovisi la cuarta Compañía del segundo Batallón (Capitán Berger; Ten. Rabé des Ordons; Sub. Ten. Bouquet des Chaux). En la Villa Médici estaba fija la Compañía de Subsistencia, que llegaba hasta todo el Pincio; ésta estaba formada por 150 reclutas de Zuavos, que a lo más llevaban ocho días de servicio, y tenía por oficiales el Teniente Brondois, el Ten. Niel y el Sub. Ten. Menetrier. También estaban en la Villa Médici, a disposición del Coronel Allet, la sexta del segundo (mi Compañía, la tercera del tercero y el pelotón de gastadores mandado por el ayudante.

Los reclutas hacían su servicio bastante bien, a pesar de no comprender el francés, por ser casi todos holandeses, y de que no conocían todavía casi nada del servicio militar. Por la noche un centinela no quería dejar pasar a unos zuavos que volvían al jardín, y por poco dispara un tiro o les atraviesa con la bayoneta. Yo quise persuadirle; pero el centinela, que no hablaba más que holandés y a quien habían ordenado que no dejara pasar a nadie, no me hacía caso. Por fin hubo que llamar al oficial de su Compañía, y le persuadió. Fue también milagroso que no sucediesen desgracias con gente que no sabía lo que era un fusil; pero la buena voluntad suplió a la falta de instrucción.


También esta noche los españoles rezamos juntos nuestro Rosario. Se creía que nos atacarían el 20, porque en esos días, desde la llegada del primer parlamentario, habían venido a Roma otros dos, un General y un oficial italianos, y ambos habían recibido las mismas contestaciones que el primero, por el General Kanzler, en nombre de Su Santidad. Esta noche, nosotros, los oficiales, dormimos en un cuartito de la casa de la Academia de Francia, junto al atrio, en donde dormía nuestros soldados. La noche fue buena y no llovió. Nosotros dormimos perfectamente.

martes, 18 de septiembre de 2012

Las Memorias de Alfonso Carlos: Domingo 18 de septiembre de 1870


DOMINGO 18 DE SEPTIEMBRE DE 1870

Al amanecer nos hicieron trasladar las armas que allí teníamos, delante la casa, a un caminito del mismo jardín que, por tener una muralla delante y por su posición, era muy abrigado, aunque los italianos bombardeasen la ciudad. Aquí se formaron los pabellones; se dejaron en la casa de la Academia de Francia todas las mochilas, y cada soldado tomó consigo únicamente el capote y la manta rollada. Al amanecer, que creíamos oiríamos cañonazos, nada se oyó. Sin embargo, como era el aniversario de Castel Fidardo, yo creía todavía que lo escogerían los italianos para atacarnos.

A las seis y media, el Padre Gerlache (jesuita, capellán de zuavos) nos dijo la Misa, por ser domingo en el mismo jardín, sobre un altar formado con algunas piedras. Todos los zuavos oímos esa Misa con mucha devoción, y siempre se creía que empezarían los cañonazos. Hubo zuavos que comulgaron en esa Misa, a pesar de las malas noches que acababan de pasar. La ceremonia concluyó sin novedad. A las nueve de la mañana, al momento que los zuavos iban a comer la sopa, se oyó un tiro de cañón en la dirección del Macao. No es posible exprimir el gozo que este golpe produjo entre nosotros. Y los zuavos, sin que nadie les mandase, dejaron la sopa y, corriendo a las armas (que estaban un poco lejos del punto donde se hizo la comida), daban vivas a Pío IX y cantaban.

Estuvimos casi una hora formados bajo las armas en ese mismo camino. Se oyeron varios cañonazos y tiros, pero se supo luego que no había nada todavía para nosotros.  Únicamente algunos batallones italianos se aproximaban a Roma en la dirección del Macao, y la artillería pontificia ensayaba las piezas con bastante acierto y causando pérdidas al enemigo. Luego formamos otra vez los pabellones. Entonces, unos zuavos franceses (de grandes familias), que habían hecho traer al jardín un magnífico almuerzo, me convidaron a comer con ellos.

Allí estuvimos muy alegres, sentados en el suelo entre los árboles, y a cada momento se oía otro cañonazo, que, por poco, temíamos nos hiciese interrumpir el buen almuerzo; y si hubiesen llegado las balas allí hubiesen roto muchas botellas de vino que teníamos. Todo el día lo pasé muy alegremente. Vinieron allí a verme el Marqués y la Marquesa de Villadarias, la cual distribuyó pan y fruta a los zuavos. La Marquesa estuvo un rato allí con los zuavos españoles.

Villa Borghese
Se veían las tropas italianas, que cada día adelantaban hacia Roma y ya estaban muy cerca, de modo que se distinguían los regimientos de Infantería y los de Caballería y se veía cada movimiento que hacían. Por la tarde, con permiso de mis jefes, logré ir a mi casa para mudarme y comer. Allí vi al Padre Martín (Padre General de los Trinitarios españoles), que pedía noticias mías. Y enseguida, deprisa, volví al campamento, en la Villa Médici, pues no quería alejarme de mis zuavos. Todos los oficiales recibían permisos para ir a comer a la ciudad, pues el ataque no era tan inminente. Los soldados no podían nunca salir fuera del jardín aquel, y allí se les hacía su comida. Por la noche, como de costumbre, rezamos el Rosario juntos los zuavos españoles, y a las nueve me acosté con mis zuavos en ese camino del jardín, sobre paja, al aire libre, de manera que podía ver libremente las estrellas estando en mi cama.

Por la noche se oían cortar árboles en la Villa Borghese y otras, alrededor de Roma; eran los italianos, que colocaban sus baterías. La noche era hermosísima.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Las Memorias de Alfonso Carlos: Sábado 17 de septiembre de 1870

SABADO 17 DE SEPTIEMBRE DE 1870

Vistas desde Villa Médici
Antes de las tres de la mañana vino a casa Sánchez a despertarme, pues la Compañía había recibido orden de ir inmediatamente a Villa Médici. Me desperté y levanté enseguida y me fui a mi cuartel de San Agustín; pero ya había marchado la Compañía y sólo quedaban de guardia allí el cabo Hofmann y tres zuavos. Fui lo más pronto que pude a la Villa Médici, pasando por Ripetta, Corso y Plaza de España, y todo estaba tan tranquilo como siempre. En la Villa Médici encontré a mi Compañía. Allí estaban otras de Zuavos; es decir, la tercera del tercero y la cuarta del primero.

Se creía que los italianos iban a atacar al amanecer, y por eso se tomaron todas las debidas precauciones. Yo estuve un buen rato en cuarto del Coronel, allí en la Academia de Francia. Amaneció el día, sin que los italianos atacasen. A las nueve de la mañana los soldados de mi Compañía tomaron la sopa, y yo también con ellos. Todo el día se pasó muy alegremente. Estuve con varios zuavos españoles echado sobre la paja, y desde allí escribí a mi mamá(sin que la carta pudiese marchar en ese día, como era natural, por el sitio).

Subí varias veces sobre una pequeña glorieta del jardín, y desde allí se veían muy bien las tropas italianas. Se veía un campamento al lado de la Storta, pueblecito cerca de Roma, en el camino de Viterbo. Otro campamento estaba en el camino de Civitá Castellana. Durante el día levantaron el campamento y llegaron hasta cerca del Monte Mario, y después marcharon a la izquierda, hacia la Villa Albani (delante Puerta Pía).

El carlista Obispo de Daulia
Nuestros soldados tenían formados los pabellones delante la Villa Médici, en el mismo jardín, y aquí nos paseamos todo el día muy alegres, con esperanzas de obtener lo que no pudimos lograr. A las cuatro de la tarde con el permiso del Coronel Allet, pude ir a comer a mi casa. A las cinco volví a Villa Médici. Vino entonces la  música de los zuavos y tocó en el jardín hasta las seis y media. Allí cerca, varios zuavos y yo nos pusimos a bailar y estuvimos muy alegres. Vinieron a verme el señor Obispo de Daulia y el Marqués de Villadarias, y después los dos Capellanes de zuavos españoles, D. Silvestres Rongier y D. ...; también vino allí Manuel Echarri.

Por la noche los zuavos cantaron, y un zuavo holandés hizo allí un discurso a todos los demás, gritando, con cuanta voz tenía, no sé qué. Por la noche vino también el Padre Dussan, dominico, capellán de los zuavos franceses. Era muy edificante el ver en el jardín, al anochecer, muchísimos zuavos que se confesaban de rodillas en el suelo y con muchísima devoción.

Aquella noche reuní a los zuavos españoles de mi Compañía les hice cantar canciones y nos divertimos mucho; esto se concluyó con rezar el rosario. Y a las nueve de la noche nos echamos a dormir sobre paja en un partazco o especie de cuarto abierto, que había en el jardín. Yo me puse allí para estar al lado de mis soldados, por si acaso ocurriese cualquier cosa. Me acosté sobre la paja, detrás de una estatua que me preservaba un poco del aire; sobre mí tenía una manta y un capote. Alrededor del jardín y en el mismo jardín había centinelas que vigilaban toda la noche. Al acostarnos creímos que, seguramente, los italianos nos atacarían el siguiente día, pues el 18 de septiembre era el décimo aniversario de la batalla de Castel Fidardo. Dormimos perfectamente. Por la noche llegó allí una Compañía de zuavos que estaba en el Puente Molle, en la avanzada, y no enviaron ya ninguna otra allí, juzgándolo demasiado peligroso, por ser tan pocos contra tantos. 

domingo, 16 de septiembre de 2012

Las Memorias de Alfonso Carlos: Viernes 16 de septiembre de 1870.


VIERNES 16 DE SEPTIEMBRE DE 1870

Villa Médici
Poco después de media noche salió un poco de luna, lo cual nos vino muy bien, para ver lo que pasaba delante de nosotros. Ya estábamos dispuestos a pasar toda la noche sobre el Puente Molle, cuando vino un dragón a anunciarnos que nos iban a relevar. Efectivamente, a la una y media de la mañana llegó la cuarta Compañía del primer Batallón, con el Capitán Desclée y el Teniente Mauduit, para relevarnos. Esta Compañía, que fue una de las que se salvaron con la retirada de Charette, perdió veinte hombres y el Subteniente, prisionero en Bagnorea, y así ya estaba reducida a unos setenta hombres apenas. En cuanto llegó esta Compañía, mi Capitán hizo reunir  la suya y marchamos a Roma, llevando entre las dos secciones los espías cogidos.

Llegando a Puerta del Pópolo entregamos los dos espías a otras tropas, de los que no supimos nada más; subimos a Villa Médici, cerca del Pincio, donde habíamos dejado nuestras mochilas y capotes la víspera por la mañana. Los soldados hallaron por toda comida una sopa, que los esperaba desde diez horas y que ya estaba más que fría. La tomaron muy bien, y enseguida se acostaron en la entrada de la Academia de Francia (Villa Médici), sobre un poco de paja, donde ya había otros zuavos. En esta Villa estaban el Coronel Allet, el Comandante Troussures y el Comandante Lambilly, y desde allí el Coronel Allet mandaba las Compañías que estaban en su zona militar. Como tenía hambre, y a esa hora no sabía donde ir a comer, aproveché del convite de un ataché de la Embajada francesa, M. d´ Emoy, y juntamente con el Capitán y el Teniente fui a comer a su casa, allí cerca. Aunque era una hora muy intempestiva (cerca de las tres de la mañana), el buen señor nos dio excelente comida. Enseguida volvimos a subir hasta la Academia de Francia, y las pobres rodillas, que no habían gozado con la comida, como el estómago, se quejaban del peso que llevaban.

En fin: llegamos arriba y con mucho trabajo encontré un puesto que estuviese libre: me eché sobre la paja y, abrigándome con mi capote, enseguida me dormí. Me desperté cuando ya era completamente de día, y sufrí bastante frío, pues llevaba poco abrigo durante la noche. Vi a nuestro querido Coronel Allet, que me dijo que no había nada de nuevo por ese día. Por lo mismo, en cuanto tuvimos comida la sopa, a las nueve, el Coronel dio orden para que la sexta del segundo fuese a su cuartel para limpiarse y descansar un poco, pues había venido allí, en lugar suyo, otra Compañía. Recibimos esta noticia con mucho disgusto, y los mismos soldados decían: “El cuartel es una prisión.” Y especialmente temíamos que, una vez en el cuartel, no seríamos ya de los primeros en batirnos. Y además, estábamos ya acostumbrados a vivir al aire libre y nos gustaba mucho.

Hube de obedecer, y las nueve y media, atravesando por la Plaza de España, el Corso y Ripetta, llegamos a nuestro cuartel de San Agustín, que habíamos dejado en la noche desde el 13 al 14.

Marqués de Villadarias
Pasando por las calles vimos que casi cada casa llevaba su bandera, y todo esto por miedo del bombardeo o de un saqueo. En el cuartel se mandó que todos quedaran consignados y que nadie pudiera salir. Además, un Oficial debía quedar, a lo menos, siempre en el cuartel. Como yo estaba de semana quedé en el cuartel. Entretanto los soldados se lavaron, mudaron de ropa y se arreglaron un poco. Yo me hice traer un almuerzo allí. El Marqués de Villadarias vino a visitarme en el cuartel, y también Manuel Echarri, que me trajo cosas que necesitaba. A las cuatro y media de la tarde vino al cuartel el Teniente Derely, y yo marché a mi casa, al número 300 al Corso, con mucho gusto. Allí me lavé y limpié, después de muchos días que no tocaba el agua, y me pareció renacer y quedar como si no hubiese hecho nada hasta entonces.


A las cinco comí en casa con mucho gusto, y a las siete volví otra vez al cuartel. Entonces se marchó el Teniente. Por la noche, en el cuartel, los zuavos, casi todos holandeses, iluminaron un altarito delante de la Virgen, y hasta las diez no hicieron más que cantar.  Después me puse yo sobre una cama para descansar; pero las muchas pulgas que había en el cuartel no me dejaban dormir, a pesar del sueño que tenía, y ya echaba de menos la cama del Puente Molle, sobre las piedras, y por cabecera, la acera del puente. Pero a las once y media el buen Teniente Derely vino al cuartel y dijo que iba a dormir allí y que yo me fuese cómodamente a mi casa, dejando a mi asistente Sánchez en el cuartel, con orden de llamarme si ocurría algo.

En las calles no había nadie, y la ciudad estaba tan tranquila como siempre. En la plaza Colonna estaban acampadas dos compañías de zuavos y bastante artillería. Fui a casa, la que encontré cerrada; me abrieron y subí a mi cuarto, en donde estaba Manuel; me acosté en mi buena cama, lo cual me pareció delicioso, y dormí perfectamente.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Las Memorias de Alfonso Carlos: Jueves 15 de septiembre de 1870.


JUEVES 15 DE SEPTIEMBRE DE 1870

Quedamos allí fuera, sin poder casi estar de pie por el sueño. Se oían algunos tiros de cuando en cuando, y sobre todo silbar el ferrocarril toda la noche, lo que indicaba que los italianos reunían sus tropas cerca de Roma. A la una de la noche, viendo que nada había, entramos en el mencionado salón, nos echamos a dormir sobre paja, y después me dijeron que toda la noche estuve moviéndome, dando puntapiés y hablando, sin duda creyendo estar delante del enemigo. Todo esto no debió ser agradable para mis vecinos, pues estábamos muy cerca unos de otros. Por la mañana, a las cinco y media, nos despertamos con el día y tomamos un poco de café. Aquí vinieron a vernos algunos Oficiales. Supimos que ya estaban cortadas todas las comunicaciones con Roma desde la víspera y todos los ferrocarriles también, y por consiguiente, desde ayer estábamos completamente sitiados.

Supimos que antes de llegar Charette a Roma había logrado llegar también a Roma el Coronel Azzanesi con el regimiento de línea indígena desde Velletri, por ferrocarril, y que además habían llegado 2.000 squadriglieri (voluntarios montañeses de las provincias) y la mayor parte de los gendarmes. Ayer mañana, en un pequeño combate que tuvo lugar en el monte Mario, la sexta Compañía del tercero de Zuavos (Capitán Fabry) contra Lanceros italianos, quedó prisionero un Teniente de Lanceros italianos (Conde Crotti, primo del C. de Maistre, Capitán de Estado Mayor pontificio). Le trajeron a Roma en coche, con unos dragones de escolta, y yo le vi llegar hallándome de guardia en Puerta del Pópolo. Pero en cuanto S.S. lo supo ordenó que se le pusiese inmediatamente en libertad, lo que se hizo ayer mismo; pero los periódicos italianos nada hablaron de este acto generoso de Su Santidad. Ayer fue el último día del triduo solemne celebrado en San Pedro por Su Santidad mismo para implorar el auxilio divino en las actuales circunstancias. Yo no pude asistir más que el primer día. El concurso fue inmenso; me dijeron que había unas 40.000 personas en la Basílica.

Esta mañana, la Escuadra italiana, muy numerosa, por mar, y el Ejército italiano, por tierra, cercaron a Civitá Vecchia, y el Comandante de la fortaleza, Coronel Serra, tal vez por miedo (pero, según parece, por traición), capituló sin tirar un tiro, y toda la guarnición quedó prisionera de las tropas italianas. En Civitá Vecchia había de guarnición dos Compañías de Cazadores indígenas y cuatro Compañías de Zuavos (es decir, la segunda Compañía del cuarto Batallón, Cap. Kermoal; la segunda Compañía de Depósito, Cap. Martini; la tercera de Depósito, Cap. Guerin, y la cuarta de Depósito, Cap. La Torquenays). Además había dos pelotones de Dragones y un pequeño número de artilleros. Mucho tiempo no podían resistir, pero sí algunas horas habiéndose batido. Por algunos días no supimos nada de seguro de Civitá Vecchia, y hoy supimos únicamente que desde la mañana habían entrado en la ciudad los italianos, sin saber cómo.

Pero lo cierto fue que algunos días antes el Ministro de la Guerra, General Kanzler, por sospechas contra el Coronel Serra, quiso quitarle el mando para dárselo al excelente Comandante D´ Albins, de Zuavos, que estaba en Civitá Vecchia. Pero el Coronel Serra lo supo y escribió al General Kanzler que él defendería la plaza de Civitá Vecchia hasta lo último y no caería más que con honor. Y, al contrario, parece que había firmado la entrega de la plaza, y dicen que a precio de dinero que le habían prometido los habitantes de la ciudad para que evitase el bombardeo. Estas noticias, que supimos poco a poco y muchos días después, nos dieron mucha pena, pues con esto nosotros habíamos perdido unos 500 zuavos, que cayeron prisioneros, y entre los que había quedado en Civitá Castellana, Bagnoera, Viterbo, etc., serían en todo 750 zuavos prisioneros. Así no quedábamos en Roma más que 2.250 zuavos, y con todas las demás tropas pontificias para defender la ciudad de Roma, había en total unos 8.000 hombres y 120 cañones, que, repartidos en la enorme extensión de las murallas de Roma, casi no eran suficientes.

La tropa pontificia estaba bien repartida en toda la extensión de las murallas de Roma, las cuales estaban divididas en varias zonas, cada una bajo las órdenes de un oficial superior. La zona donde siempre me encontré estaba primero bajo las órdenes del Comandante Troussures, de Zuavos, que mandaba mi Batallón, mientras nuestro Coronel Allet tenía bajo su mando la zona de San Pedro, Puerta Angélica, Puerta Cavaleggiere y hasta San Pancracio. Pero desde que volvió a Roma el Coronel Azzanesi, éste tomó el mando de la zona de San Pedro y el Coronel Allet fue a mandar la zona que tenía antes el Comandante Troussures, quedando éste bajo las órdenes de Allet. Esta zona iba desde Porta del Pópolo, Porta Pinciana y Porta Salara hasta la Porta Pía. A las ocho y media de la mañana, mientras estaba mi Compañía haciendo la sopa, llegó el Comandante Troussures y nos la hizo suspender, mandándonos tomar alguna comida fría y prepararnos para marchar cuanto antes al puente Molle, sin mochilas ni capotes, para andar más ligeros. En ese intervalo nos reunimos todos los zuavos españoles bajo un árbol y rezamos el rosario, pues creíamos que en puente Molle tendríamos que batirnos fuertemente.

Vista desde la Academia de Francia
A las nueve ya estaba formada nuestra Compañía (teníamos 95 hombres); fuimos antes a Villa Médici, la Academia de Francia, al lado del Pincio; dejamos allí todas nuestras mochilas y sacos y los dos cocineros para preparar la comida para la tarde; fuimos por el Pincio a la puerta del Pópolo, en donde estaba de guardia la cuarta Compañía del tercero, y al pasar nos miraron con envidia por ir al puesto avanzado. Nosotros íbamos muy contentos y alegres, convencidos que nos batiríamos con fuerzas muchísimo mayores, y que, por consiguiente, pocos volveríamos a Roma. En el camino hizo muchísimo calor y había mucho polvo; pero anduvimos muy deprisa, de modo que a las diez y media o poco más llegamos al puente Molle, el que pasamos. Allí estaba la tercera Compañía del tercer Batallón (Cap. Du Reau) desde la noche anterior, y en cuanto llegamos con nuestra Compañía el Capitán Du Reau volvió a Roma con la suya.

Enseguida el Capitán Gastebois repartió la Compañía en dos secciones, quedando él mismo con el Teniente y la segunda sección a la derecha y a la izquierda del puente Molle y enviándome a mí con la primera sección  al lado izquierdo del río (al de Roma.). Allí repartí mi sección en dos medias secciones, poniéndolas a la derecha y a la izquierda del río, de frente a la segunda sección y hacer fuego mientras la otra sección iba pasando el puente. Estábamos todos muy bien colocados. Únicamente, en caso de ataque, la retirada por la carretera hasta puerta del Pópolo era peligrosísima para nosotros y casi imposible de efectuar. Entonces pensamos que tal vez habría medio de llegar hasta Roma atravesando unas grandes viñas que están al lado izquierdo de la carretera, saliendo de Roma, y por lo mismo, tomamos a un aldeano para que llevase a Roma al cabo Monginoux y al zuavo Gagné para que estos dos aprendiesen el camino.


Así sucedió, y al mismo tiempo yo hice trabajar a los soldados de la media sección a la izquierda para hacer dos agujeros en el cercado de espinas que cerraba la viña, de modo que la compañía podía pasar por ellos, retirándose. Además hice traer piedras a algunos pasos delante de esos agujeros, de modo que se hubiera podido retirar la segunda sección sin peligro, pues la primera, detrás, desde las piedras, hubiera podido seguir tirando, y además, siendo pequeños los agujeros, no hubiera podido perseguirnos la Caballería, y una vez dentro de las viñas ya estábamos casi seguros. En caso de ataque, yo, con, mi sección, hubiera sido el último en retirarme de las viñas. Volvieron de Roma los dos zuavos diciendo que el camino por las viñas, aunque algo difícil, podría practicarse bastante bien y que se llegaba hasta al lado de la Puerta del Pópolo sin ser percibidos.

Enseguida envió el Capitán a Roma a un dragón (pues teníamos siempre dos con nosotros) para avisar que en caso de ataque nos retiraríamos por la viña, y no por la carretera, y que, por consiguiente, los artilleros de Puerta del Pópolo podrían disparar los cañones en cuanto viesen a alguien en la carretera. Al principio del campo de maniobras de la Farnesina (a unos 200 metros del puente) había puesto el Capitán a un centinela para vigilar la montaña de frente y la carretera de Viterbo, porque delante del puente había una venta que hacía un recodo bastante grande en el camino y, por consiguiente, no dejaba ver a los del puente más que a unos cien pasos delante de sí. A la una, después de mediodía, el centinela de la Farnesina (un piamontés, zuavo Biliet) disparó un tiro de fusil, y poco a poco, según tenía orden, fue replegándose con mucha calma hacia la segunda sección. Tanto esa sección, al otro lado del río, como la mía a éste, se prepararon para el ataque, que creíamos indudable; cargaron los fusiles y pusieron bayoneta al cañón. Los dragones pontificios que estaban con nosotros, al ver esto, perdieron la cabeza, y sin reflexionar en nada ni esperar se escaparon a Roma a la carrera para decir que el enemigo estaba en el puente y que nosotros nos batíamos. Y esta alarma corrió de tal manera, que ya contaban en Roma que la sexta del segundo había sido atacada por el enemigo y destruida y no quedaban en pie más que el Teniente y tres o cuatro soldados. Medio minuto antes del tiro de fusil habíamos oído el toque del clarín de los italianos, que, sin conocerle, creíamos era la señal del ataque.

Sin embargo, toda mi Compañía se condujo admirablemente y con la más grande sangre fría y orden. Yo me puse delante de la sección para impedir que mis soldados tirasen antes de mi orden y pusiesen matar a los de la segunda sección, que estaban al otro lado del puente. Al momento que se oyó el tiro yo me había sentado en un coche (que había traído un señor del Comité belga para traernos cigarros), y después de varios días que dormía y me sentaba en el suelo, me parecía delicioso descansar sobre los colchones del coche. Desde que se oyó el tiro no pasaron tres minutos hasta que se vieron aparecer al galope en el recodo de la carretera, delante de la venta, unos doce lanceros italianos a caballo.

En ese momento se conoció la sangre fría y la grande disciplina de nuestros zuavos, que a pesar de estar ya en la mira, con los fusiles cargados, estuvieron aguardando la orden del Capitán para disparar. En el instante mismo se vio que el primer lancero llevaba en lo alto de su lanza un pañuelito blanco. Por eso el centinela de la Farnesina, siendo piamontés, conoció el toque parlamentario, y en lugar de disparar sobre el grupo de lanceros que veía correr hacia nosotros, disparó sólo un tiro al aire para ponernos en guardia. Con todo esto y con la sangre fría y valor de nuestros zuavos se evitó una catástrofe, que podía haber sido muy mala para nosotros y para las demás tropas.

Delante de la venta se paró la escolta de Lanceros, y al mismo tiempo mi Capitán mandó descargar los fusiles y quitar las bayonetas, lo cual se hizo en el acto; lo mismo mandé hacer yo a mi sección, al otro lado del río, pues miraba lo que hacía nuestro Capitán. Entonces se adelantó solo, a caballo, hacia nosotros el coronel italiano Caccialupi (lombardo), Ayudante de campo del General Cadorna, Comandante de las tropas italianas, después de haberse adelantado solo, hacia él nuestro Capitán y haber puesto en la vaina el sable. Muy sorprendidos quedamos, pues nunca creímos que llegase un parlamentario.

El Sr. Caccialupi se apeó al momento del caballo pidiendo poder ir a Roma como parlamentario para ver al General Kanzler. El Capitán le dijo que era preciso ir a pie hasta Roma para avisar que viniesen a buscar al parlamentario con un coche. Si hubiese estado allí un dragón hubiera sido muy cómodo. En su lugar el Capitán mandó al Teniente para avisar al General Kanzler. Este Teniente tuvo que ir a pie por las viñas, corriendo, con un calor muy fuerte. Entretanto, el Capitán se paseaba sobre el puente con el Coronel italiano. El Capitán me mandó (diciéndome “Monseigneur” expresamente, para que lo oyese el otro) que reemplazase al Teniente en la segunda sección, que estaba al otro lado del puente. Entonces vi que, a pesar de estar el parlamentario allí, las avanzadas de los italianos tomaban puestos sobre una altura a unos 300 metros delante y de frente al puente, y hasta cerca de una casa había trazas de que colocasen unos cañones. Yo fui a decirlo al Capitán, que pidió razón al parlamentario, y éste dijo que prometía, bajo palabra de honor, de que mientras él estuviera en Roma no atacarían; pero, con todo, envió a un lancero a prevenir que guardasen todas las posiciones que antes tenían, sin adelantar.

El lancero fue despacio, y, a pesar de todo, al cabo de un cuarto de hora ya estaba de vuelta, lo cual nos probó que el Ejercito italiano estaba muy cerca de nosotros. Yo quedé con la segunda sección y no hablé al Coronel Caccialupi; pero mi Capitán habló bastante con él. El Coronel manifestó su admiración al Capitán por la disciplina de los soldados, que no tiraron sobre él, y dijo que no nos creía tan cerca del puente; si no, hubiese venido con más precauciones. A esto le contestó mi Capitán: “Mis soldados no tiran más que cuando les manda su Capitán.” El Capitán se sentó al lado del puente, en el suelo, con el Coronel, que hablaba muy bien el francés, y hablaron de la guerra de Francia y de otras cosas por ese estilo, pero nada de lo que se iba a hacer. Sin embargo, ya  pensábamos nosotros lo que él pediría, y estábamos deseosos de saber que le hubiesen dado respuesta negativa a lo que iba a pedir. Dos lanceros con el caballo del Coronel pasaron el puente Molle y allí quedaron todo el tiempo hablando con nuestros zuavos. Dijeron que ellos venían a Roma porque se lo mandaban y sólo cumplían con su deber. Los caballos eran flacos y muy mal entretenidos. Entretanto, unos Oficiales italianos iban bajando de la altura, y el sargento nuestro, Serio, fue para ver lo que hacían, y ellos entonces se retiraron.

El Capitán Gastebois hizo traer desde la venta un fiaschetto de vino de Viterbo y lo bebió con el Coronel italiano. También se dio a beber a los lanceros italianos. A las dos llegó por la carretera de Porta del Pópolo un coche cerrado con unos dragones para escolta, y dentro el Comandante de Estado Mayor pontificio Rivalta. Mi Capitán tenía preparado un pañuelo limpio; pero el Sr. Rivalta sacó otro que no lo era demasiado y con él cubrió los ojos del Coronel Caccialupi, que subió en el coche con el Comandante Rivalta, y fueron a Roma por Porta del Pópolo, a la casa del General Kanzler (creo fue al Ministerio de la Guerra, a la Pilotta) Nosotros quedamos allí esperando y descansado, pues teníamos confianza en la palabra del Coronel italiano. Poco después volvió nuestro Teniente Derely con el caballo de un dragón. El pobre estaba cansado, pues había corrido mucho para llegar a Roma y su traje estaba empapado de sudor. Dijo que la noticia del parlamentario había puesto mucho movimiento en Roma y que todos le preguntaban noticias de cómo se había pasado en puente cuando llegó. Querían enviar a buscarle por un oficial de Zuavos, como debía ser, habiéndole recibido los Zuavos; pero, por último, no lo hicieron. Después de haber visto al General Kanzler y haberle pedido, en nombre de S. M. el Rey Víctor Manuel, que en el término de veinticuatro horas sus tropas tuvieran libre entrada en Roma, porque sólo vendrían para tener guarnición en ella y asegurar el orden público, volvió a marcharse el Sr. Caccialupi, llevando la siguiente  carta para el General Cadorna:

He recibido la invitación de dejar entrar las tropas bajo el mando de V. E. Su Santidad desea ver Roma ocupada por sus propias tropas y no por las de otro Soberano. Por tanto, tengo el honor de responder que me hallo dispuesto a resistir con los medios que están a mi disposición y según me imponen el deber y el honor.” Firmado por el General Kanzler.

A las tres de la tarde ya estaba de vuelta en coche el Coronel Caccialupi, acompañado por el Comandante Rivalta y el Capital Baumont, de Estado Mayor pontificio, y además el Teniente Franquinet, de Zuavos, y una escolta de dragones. El coche pasó el puente y se paró delante de la venta. Allí se apeó del coche el Coronel Caccialupi; le descubrieron los ojos y estuvimos un ratito juntos bebiendo vino de Viterbo. Luego el Coronel italiano se despidió de nosotros, nos dio las gracias por todo dándonos un apretón de mano, subió a caballo y marchó al galope por el camino de Viterbo.

Los Oficiales pontificios nos dijeron entonces todo lo que había pasado en Roma y cómo Su Santidad mismo no quería ceder a todas esas amenazas. Este fue un momento de verdadero gozo para nosotros, pues así estábamos seguros  de que tendríamos que batirnos. Nos mandaron estar prontos y dispuestos, porque ya de un momento a otro podían avanzar las tropas italianas, Entretanto, el Teniente Franquinet, de Zuavos, fue adelante a caballo para ver si había movimiento en el campo italiano. Al mismo tiempo volvieron a Roma los dos Oficiales de Estado Mayor. A las cuatro mi Capitán mandó al sargento mayor Kersabieck  para que hiciese un reconocimiento. Éste marchó con los con los cuatro zuavos españoles Sánchez, Gutiérrez, Martí y Escribá, y además el francés de Gardonne, y Biliet. Este sargento mayor, que siempre se distinguió por su valor y sangre fría, se adelantó con estos seis hombres hasta cerca del campamento italiano, siempre andando por los campos y montes, entre el camino de Viterbo y el de Civitá Castellana. Fueron tan lejos, que ya no se distinguían casi, y yo, que estaba al otro lado del río, viendo sobre lo alto, a muchísima distancia, algunos puntitos negros que se movían, creía que fuesen ya los italianos, que se adelantaban.

Entretanto, vinieron desde Roma unos cuantos soldados de Ingenieros para hacer una barricada delante del puente y cortaron uno o dos árboles; pero al momento se les figuró que llegarían  los italianos y se escaparon a Roma sin haber hecho nada. Entonces, nuestros zuavos siguieron cortando algún otro árbol, y poniéndolos delante del puente formaron una especie de barricada. En estas operaciones se rompió el hilo del telégrafo, cayendo sobre él un gran árbol. El Capitán sintió mucho este percance; pero yo me convencí de que era una gracia de Dios, porque el telégrafo ya no servía para nosotros y únicamente podía hacernos daño si los italianos lograban comunicar con Roma. A las seis y media de la tarde volvió el Teniente Franquinet, diciéndonos que había encontrado allí cerca dos hombres sospechosos y los había entregado a los zuavos que iban de reconocimiento, y que cuando llegasen los guardásemos con nosotros. El Teniente Franquinet volvió a Roma. Y a la siete llegó el sargento Kersabieck con los seis zuavos y los dos espías. Dijeron que en el campamento enemigo se movían, pero parecía que no adelantaban. Dos dragones volvieron también y quedaron al lado izquierdo del río, a nuestra disposición. Todo el día lo pasamos sin comer y sólo tomamos algunas uvas y un poco de vino.


Por la noche el Capitán envió un dragón a Roma para pedir que nos relevasen o, a lo menos, nos enviasen algo para comer y los capotes para cubrirnos, pues no teníamos ningún abrigo, y estando al lado del río, después de los calores del día además de padecer el frío, la humedad podía darnos calenturas. ¡Fue verdaderamente extraordinario cómo desdeque hicimos esta vida agitada no tuvimos casi ningún enfermo en la Compañía, mientras antes teníamos siempre muchos! Los dos espías los pusimos entre cuatro soldados, al lado izquierdo del río. Ellos no tenían tampoco capotes y se quejaban del frío y además tenían hambre.  Esos dos iban a Roma para ser sometidos a un Consejo de guerra y probablemente ser fusilados, porque tenían verdaderamente trazas de espías. Uno era joven y otro viejo. Pero preguntándoles por separado a cada uno de ellos lo que había hecho, visto y cuándo se habían juntado los dos, cada uno contestaba de otro modo y se veía que querían engañar.


A las nueve y media de la noche el Capitán, juzgando muy expuesto dejar el puente abierto con sólo una barricada por delante, mandó traer la barricada sobre el mismo puente, y así se hizo, empezando por poner debajo un coche volcado hacia tierra, y por encima los árboles cortados. Después pusimos dos soldados de centinela, y los demás, sobre las piedras del puente, descansábamos al fresco. Siempre quedó la segunda sección delante y contra la barricada, y la mía en lugar detrás del puente. A las diez, el sargento mayor se fue solo con Sánchez, sin armas, hasta la hostería, exponiéndose bastante al ir solos tan lejos y saltando por encima de la barricada. Yo le dije que no se expusiese tanto; y él me contestó: “Es preciso que alguno se exponga, para el bien de los demás ”. Y allá ordenó se hiciera café para todos, que tomamos con mucho gusto y que nos hizo mucho bien, para despertarnos un poco. Él Capitán dormía en el suelo; el Teniente, echado en el carro que formaba la barricada;  pero yo no quise dormir, porque estábamos demasiado expuestos a que nos sorprendiese el enemigo. A pesar de lo que el Capitán había mandado decir a Roma, no llegó nada y ya adelantaba la noche oscura.  

Oración a María Santísima


ORACION A MARIA SANTISIMA


Recitada en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, delante de la Santísima Virgen de la Columna, en el triduo que allí hizo S. S. Los días 12,13 y 14 de septiembre de 1870, y que se cree redactada por Su Santidad.

Gloriosísima Reina del Cielo, María Madre de Dios, a Vos, que sois vida y esperanza, recurrimos. Vos, desde vuestra inmaculada concepción, aplastasteis la cabeza a la infernal serpiente, principalísimo enemigo de la Iglesia. Vos fuisteis por Dios establecida para perpetuo auxilio de los cristianos, y como fuerte campo de ejército, puesto en orden de batalla, cien veces libraste a los fieles que a Vos recurrieron de agresiones hostiles, contra todo cálculo de humana providencia. Volved, pues hoy vuestras piadosas miradas sobre nosotros, que formando un solo corazón os invocamos para nuestra defensa y protección. Salvad de la inicua opresión a la Iglesia; poned a cubierto de las armas sacrílegas al Vicario de Vuestro divino Hijo; libertad de todo peligro a este vuestro pueblo; bendecid a aquellos valerosos que exponen la vida por la defensa de la Santa Sede, e infundid en todos los cristianos sentimientos de paz, de justicia, de caridad.

Si nuestros pecados han excitado contra nosotros la Divina Justicia, a la par de nuestro arrepentimiento, ofreced Vos misma vuestros méritos a Vuestro misericordiosísimo Hijo, y dad fuerza con vuestra potentísima mediación a las humildes súplicas de nuestros corazones. Todo el poder del infierno, todos los esfuerzos de los impíos caerán a la primera mirada de misericordia que el Señor dirija sobre nosotros, y esta misericordia, Vos sola, ¡oh Madre nuestra clementísima!, podéis obtenerla con vuestra intercesión. Rogad, pues, por nosotros, ¡oh María!, y seremos salvos, y publicaremos por el mundo esta nueva gloria de vuestro poderosísimo y santo auxilio. Así sea.

(Su Santidad concede 7 años de indulgencia a todos los fieles que concurran una vez a este triduo, e indulgencia plenaria a los que asistan tres veces.)