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domingo, 15 de abril de 2012

La ley del Candado y la reacción

Por Jerónimo de Estrada


Alfonso y su ministro Canalejas

En 1906 se presentó al Congreso un proyecto de Ley de Asociaciones que, vulgarmente, fue denominada la Ley del Candado. Con esta legislación, el Estado conseguía un poder total sobre cualquier asociación pudiendo disolverlas o no autorizarlas. La ley no era original española; era, como demostró Víctor Pradera, un calco de la Ley de asociaciones francesa de 1901.

Cuando Alfonso XIII firmó el proyecto, le dio una palmada en la espalda a Dávila, su redactor, y le dijo “Te deseo, cuando lo discutan las Cortes, tanta suerte para su aprobación como facilidades te he dado yo para firmarlo”.[1] Su apoyo no fue puntual, siempre le mostraría su afecto a Canalejas “Yo siempre le daré la mano a usted para que se levante”.[2]
En el sistema monárquico liberal, el antirrey, Alfonso XIII, representaba el trágala y el consenso, herramientas esenciales para la democracia liberal. Ante la comisión de Damas, Don Alfonso dijo: “Señoras: yo las recibo con mucho gusto y comprendo bien lo que desean y lo que quieren decirme. Soy católico fervoroso como ustedes pero puedo hacer muy poco en el asunto de que se trata, porque yo, ante todo, soy rey constitucional y, como tal, son las Cortes por iniciativa o de acuerdo con mi gobierno, las que resuelven sobre asuntos nacionales. Lo que yo puedo hacer y haré es entregar a mi gobierno esta exposición mañana mismo para que resuelva lo que estime necesario”.[3] Don Alfonso tenía que dar gusto a todos. Así es que un año consagraba España al Sagrado Corazón de Jesús; otro negaba la prosperidad de la Iglesia; introducía en el gobierno a ministros masones o traía la pornografía en España. Y es así como un rey constitucional que ni reina ni gobierna sino que intenta satisfacer, dio el placer a los españoles de marcharse del país.

Cientas de manifestaciones se convocaron.


Sagasta acertó, tiempo atrás, cuando había dicho “eso no se puede hacer, porque no hay que olvidar que el partido carlista pondría en el campo ochenta mil hombres”.[4] Ni más, ni menos, la actuación del carlismo, por esos años, estaba encaminada a hacer de contrapeso de los avances revolucionarios. La Comunión, como apunta Rodezno “era la Guardia civil de la Iglesia, sin que los obispos ni el alto clero se le mostrasen, ciertamente, muy agradecidos”.[5] Ante esta situación, los carlistas e integristas desarrollaron una intensa campaña contra este proyecto al igual que la Iglesia, pues “Si las leyes del Estado están en abierta oposición con el derecho divino […] entonces la resistencia es un deber y la obediencia un crimen” como sentenció Senante. Incluso la Santa Sede llegó a amenazar con cambiar su posición respecto al carlismo y romper relaciones con Madrid. El mismo Carlos VII se refería al asunto:

Nuestra comunión, fiel guardadora de las tradiciones patrias, debe figurar en la vanguardia de todas las manifestaciones de viril protesta que se hagan, pues es su primer deber el de luchar siempre por la Causa de Dios, cuyo santísimo nombre figura al frente de nuestro lema inmortal, informando todo su credo.

Ante hechos tan escandalosos, pero lógicos en las actuales instituciones, únome de todo corazón a cuantas manifestaciones se hagan para alejar de mi patria ese nuevo baldón de ignominia con que el liberalismo pretende mancharla.[6]

El proyecto fue aprobado por las Cortes, pero finalmente no tuvo prácticamente efecto. Un éxito para los grupos católicos. Mientras, el partido conservador, caracterizado por su desidia e inacción, optaba por el sostenimiento del edificio de la Restauración.

[1] DE CARLOS GOMEZ-RODULFO, Jaime: Carta inéditas de Carlos VII: Montejurra, 1959. Pág. 238.
[2] SECO SERRANO, Carlos: Alfonso XIII. Madrid: Arlanza, 2001. Pág. 141
[3] DE CARLOS GOMEZ-RODULFO, Jaime: Carta inéditas de Carlos VII: Montejurra, 1959. Pp. 239-240
[4] RODRÍGUEZ ARÉVALO, Domingo: Carlos VII, Duque de Madrid. Bilbao: Espasa-Calpe, 1929.Pág. 245
[5] RODRÍGUEZ ARÉVALO, Domingo: Carlos VII, Duque de Madrid. Bilbao: Espasa-Calpe, 1929.Pág. 245
[6] Carta de Carlos VII a Barrio Mier (21-XII-1906) en DE CARLOS GOMEZ-RODULFO, Jaime: Cartas inéditas de Carlos VII. Madrid: Montejurra, 1959.

viernes, 23 de marzo de 2012

El pregón de Semana Santa: la impiedad ataca de nuevo.

El Arzobispo, el Alcalde y la Vicepresidenta.


Desde que Ramón Jauregui, uno de los católicos del PSOE, dijerá que la moral cívica de nuestra sociedad, ya sea sobre el matrimonio, la familia o del papel de la mujer, corresponde única y exclusivamente a la soberanía popular nada nos sorprende de los llamados católicos de nuestra pobre España. Tampoco de nuestro clero.

Ya saben, la doctrina de la Iglesia ya no se lleva. Ni entre los curas. Ahora lo que gusta son los saraos de iglesia. Aunque digan barbaridades. Y es que, las cofradías, que día a día consiguen superarse llevan unos años esplendidos. Recordemos el herético pregón de Martín Garzo hace dos años, después Ramiro Ruiz Medrano. Señores ¿el próximo será Cayo Lara?

Recordamos con ternura la frase del Obispo de Canarias, Pildain, en las votaciones de la Declaración de Libertad Religiosa durante el Concilio Vaticano II: Utinam ruat cuppula Santi Petri super nos. Quizá hubiese debido repetirse con la bóveda de Nuestra Señora de la Asunción.

Y ¿adivinan a quien citó? Al hereje máximo y maestro de herejías, Don Miguel de Unamuno.

Creo que hoy sigue vigente la duda unamuniana, el dolor del silencio del Cielo. El sentimiento trágico de la vida, La agonía del Cristianismo, San Manuel Bueno y Mártir… son obras del querer creer con el corazón y la lucha inútil contra la razón porque no termina de convencer al desasosiego. Hablan del misterio de la Vida.

Incluso se refirió al Alcalde con su afán de estropear las tallas cuando llueve:

Así que, un año más, vamos a salir a las calles. —¡Esperemos que no llueva,…! aunque desgraciadamente no hay gobierno que pueda ordenar que ceje la lluvia cuando se mueven los santos en las iglesias—.

Y también se atrevió con los “valores”:

Creo que nos conviene ir al encuentro de lo que comúnmente

llamamos valores, y es seguro que la mayoría de los españoles buscaremos el origen en lo aprehendido desde la escuela: la grandeza de conceptos como honradez, solidaridad, amistad, fidelidad, respeto. Eso es, a la postre, lo que representa la Semana Santa.

Y lo mejor del mitin: Soraya se convierte en humorista. ¿La noción de un comportamiento íntegro en el Partido Popular?

Ni el Siglo XXI puede estar reñido con la raigambre de nuestra

noción de un comportamiento íntegro, como tampoco la evolución de la sociedad puede verse sin las enseñanzas de los evangelios.

Algún día, Dios nos pedirá cuentas de nuestros pecados. Pero a algunos más que otros

jueves, 15 de marzo de 2012

La democracia cristiana: de aquellos polvos, estos lodos.


La política cristiana, arrastrada por la Revolución

Ni dejaré de ser [...], como todos mis antepasados, buen católico, ni, como hombre del siglo, verdaderamente liberal. Así hablaba el antirrey Alfonso XII en el manifiesto de Sandhurst. El principio de la democracia cristiana consistió y consiste en la abdicación continua de los principios de la política cristiana, en aras de los vientos de la Historia. De tal forma, si el siglo XIX fue el siglo liberal por excelencia, el siglo XX se convertiría en el siglo del laicismo. Y de estos polvos, vinieron estos lodos.

Los principios de Montalembert o Lamennais se materializaron gracias al ralliement, debido a las políticas nefastas de la Santa Sede. Mientras que en Francia, algunos círculos rezaban por la muerte de León XIII, en España se rezaba por la conversión del Papado (Cum Multa). Más tarde, a pocos sorprendió cuando el hijo del antirrey Alfonso XIII permitió la promulgación de la Ley de Asociaciones, calco de las leyes de la Tercera República Francesa. Por ello, la identificación de la democracia cristiana con los grandes partidos de masas del siglo XX no es del todo cierta. Es toda aquella doctrina que intentó conciliar el catolicismo con el liberalismo y, por tanto, gozó de varias manifestaciones.

Con sus más y sus menos, el mejor clérigo del siglo XX.

En España, siempre hubo clérigos que más o menos identificaban la táctica y, en consecuencia, tomaban posiciones. Pues nunca faltó quien quiso imitar a los célebres abates democráticos. Pedro Segura, Arzobispo de Valladolid, nos decía:

El espíritu naturalista democrático y demagógico todo lo ha invadido en el momento actual [...] nacido de la revolución, lo va contaminando todo y va minando los fundamentos de la autoridad y consiguientemente de la sociedad que sin ella no puede subsistir [...] Ha deformado la constitución secular de los pueblos; ha destruido la organización social que, bajo la inspiración de la Iglesia, hizo felices a las naciones y trata de implantar una nueva ciencia no basada en los principios inconmutables de la revelación [...] Con tales ropajes de cultura y progreso se ha vestido a estas innovaciones revolucionarias, que ha habido muchos incautos que se han dejado seducir miserablemente, aún entre los sacerdotes, y se han venido a convertir en celosos propagandistas de este nuevo movimiento que equivocadamente estiman como redentor.

También Jacques Piou, perteneciente a Acción liberal, destacado monárquico y principal impulsor del ralliement lo analizó, quizás, como ninguno:

¿El mal menor? De él morimos. El mal menor puede ser el peor de los males. El peor de los males, es el dejarse desaparecer, la abdicación, la complacencia con los malos. Hay algo peor que la negación declarada: el sonriente abandono de los principios, el lento deslizarse apelando fidelidad. "Más temo el veneno que el hacha" decía Windthorst y también yo temo el envenenamiento de los católicos... Cuando hayan entregado suavemente lo que constituye su fuerza, su savia, serán prisioneros avergonzados de sí mismos, porque, sacrificando su libertad no habrán conservado la dignidad que honra en la derrota y prepara el desquite.

¿Me atreveré a pronunciar una palabra que a muchos de vosotros ha de parecer una audacia singular? : Sed intransigentes. En esta hora, vuestra intransigencia es vuestra salvaguardia.

...Yo paso por moderado. ¡Cómo! Dejadme deciros que llevo demasiado tiempo en la vida pública para creer en la eficacia de las medias tintas. Nada se gana con el silencio, con las capitulaciones más o menos disfrazadas, con las habilidades que acaban en encenagarse siempre.

Deseamos la paz con todas nuestras fuerzas, pero la paz con honor. Cuando hayáis mostrado que no capituláis cobardemente y hayáis convencido de la necesidad de una resistencia obstinada a todos cuando leen, habréis servido útilmente a nuestra causa. No se teme sino a los fuertes, no se cuenta sino con aquellos que resisten. Cuando los poderosos se encuentran frente a sí hombres resueltos, están más pronto a hacer concesiones que cuando tienen que habérselas con tímidos o con serviles.

Y mientras tanto, en España, el partido de inspiración cristiana que nos desgobierna ya ha eliminado las fiestas religiosas, ha promocionado la blasfemia, continúa con la matanza de niños nonatos y atribuye a las asociaciones de invertidos utilidad pública.

¿Tempora o mores? Bien podría ser el emblema de la Democracia Cristiana

El futuro materializado de los democristianos, finalmente, ha tenido muchas espinas pero ninguna rosa. Y al entrar en las iglesias, los caballeros yacentes gritan en silencio: ¿Os son necesarias como en otro tiempo nuestras espadas?