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sábado, 6 de julio de 2013

La poda de la tradición

Charles Maurras, autor del conocido y tajante apotegma: "La democracia es el mal. La democracia es la muerte", luchó incansablemente contra el empleo indebido de la palabra democracia. "La democracia-dice- no es en modo alguno un hecho y tampoco un derecho. Es tan sólo una idea falsa". Pidió siempre con insistencia, a sus lectores y discípulos, que jamás emplearán los términos "nacionalismo democrático" o "monarquía democrática" y no titubeó, además, en criticar al marqués de la Tour de Pin, no obstante proclamarse discípulo suyo en material social, por haber utilizado la expresión "democracia orgánica". 

Como éste alegara en su defensa que había sido empleada antes por el conde de Chambord, Le Play y el Congreso monárquico de Reims, hubo de replicar Maurras que "son precisamente las más grandes autoridades quienes inaugura, hacen recibir e incluso hacen incurables las tradiciones perniciosas. Si Luis XIV-añade- hubiera publicado sus malos versos, quizá todo el lenguaje poético de su reinado hubiera padecido por ello. Por fortuna, el leal Despreux consiguió alejar a su señor del mal camino".

Eugenio Vegas Latapie en Consideraciones sobre la democracia.

martes, 1 de enero de 2013

Los dolores de la Causa: María Berta de Rohan

Los reyes legítimos siempre fueron objetos de críticas e insultos. Desde Carlos V hasta Don Sixto Enrique de Borbón. Emilia Pardo Bazán[1], carlista en su juventud, ya se quejaba de la vulgar visión sobre Carlos VII: la única persona para la cual en España no existía justicia, ni equidad, ni siquiera tolerancia; la única a cuyo nombre se crispan los más transigentes y se olvidan las nociones del derecho público, los preceptos elementales de la razón y hasta las exigencias naturales de la curiosidad humana que necesita datos para juzgar. [...] ¿Quién no conoce al Don Carlos de la leyenda contemporánea? Abrid cualquier periódico satírico y allí le veréis. Rosario en cinto y trabuco al brazo; zancas de cigarrón, boca de rana y cabeza de cretino... Lo moral corresponde a su físico... un fauno en lo bruto, un ogro en lo feo, un sátiro en lo vicioso y una liebre en lo cobarde.

Jaime III no fue menos. Su padre ya había sido criticado por los integristas de liberal, y así volvería a pasar con su hijo. Pero esta vez, espoleados por la madrastra del rey. Y es así como doña Berta tuvo el honor de ser la causa del primer ataque de angina de pecho de Don Jaime[2]. El documento[3] que mostramos aquí, es muestra de estos ataques, lleno de infamias contra el reclamante. Estas calumnias no se diferenciaban en gran manera de las pretéritas. E incluso de las futuras. Fechado el 4 de marzo de 1926, el padre Don José María Paisal contestaba al Barón de Montevilla. Más tarde, esta carta pasaría a formar parte del archivo de Jaime III como copia.

Exmo. Sr. Barón de Montevilla

Si públicamente se dice en Venecia el nombre del edificio donde están custodiados los objetos carlistas, y si son tantas las personas, llegadas de dicha población que coinciden con el nombre, no veo porque V. muestra tanto empeño en que yo se lo diga. Lo que nadie puede afirmar, sin faltar a la verdad, es que sobre esos objetos pese el menor gravamen por supuestas deudas contraídas por la Señora. Ya se lo he dicho a V. hasta con juramento, y el carlista que no cree mi palabra de sacerdote, lo menos que de mí merece es el desdén. Si estuvieran empeñados esos objetos ¿Qué más había de querer la Señora que librarlos de todo gravamen mediante la suscripción que V. proponía?

Están bien seguros esos recuerdos, no lo dude y puede confiar los carlistas que pronto los verán colocados en un punto más cercano que Venecia.
La Señora se limita a cumplir estrictamente el testamento de su marido, y por ello no puede merecer el reproche de ningún caballero. Si ella muerte primero que D. Jaime, éste será el heredero; entretanto no puede tener esos objetos, NI CONVIENE.
¡No conviene!... Bien conocía D. Carlos a su hijo para otorgar testamento en la forma que lo redactó. Quién tan entrampado se encuentra con los judíos y tan poca estimación le merecieron mucho de los objetos del castillo de Frohsdorf no puede merecer la confianza de ningún carlista para ser el custodio del Cuarto de Banderas, de las Banderas de una tradición que él no siente, porque en ella no cree, COMO NO CREE EN ALGUNOS DE LOS DOGMAS DE NUESTRA FE.

Pasé algunas temporadas con ese príncipe, y le conozco por dentro y por fuera, en el alma y en el cuerpo. LA MAS GRANDE PENA QUE ATORMENTA MI CORAZÓN, me decía un día en Niza su Augusto padre –ES QUE JAIME NO TIENE NI FE POLITICA NI RELIGIOSA.

Y por tratarse de un hombre de esas condiciones, es por lo que Dª Mª Berta ha procurado ocultar, en lo posible, dichos objetos, creyendo que así los tendría más seguros. Pero eso solo puede considerarse como medida transitoria pues el más ardiente deseo de la Señora es que sean expuestos a la contemplación de los carlistas, SIN RIESGO QUE NINGUNO DE MUCHOS OBJETOS DESAPAREZCA, y yo sólo pido a mis correligionarios que desechen todo temor y tengan un poco de paciencia.

Respecto a este punto por escrito no puedo ser más extenso. Si tuviera ocasión de hablar con V., algo más  le diría.

Dª Berta entró en Palacio de Oriente para expresar su gratitud a quienes la merecían, pero entró con la bandera de los principios tradicionalistas enarbolada. Así se lo expresó bien claramente a D. Alfonso, y éste también muy claramente le dijo que esos principios son salvadores, y que, en lo que de él dependía, hará que imperen en España. Bien lo ha demostrado en estos últimos tiempos en muchos actos públicos, alabados y bendecidos por el Jefe supremo de la Iglesia.

Las personas pasaron ya a la historia; los principios son inmortales. Éstos son la esencia de nuestra causa, que debemos sostener para bien de la Iglesia y de la Patria. La persona que todavía se dice pretendiente no es la sombra de su padre, ni merece el sacrificio de una perra chica. Solo por fanatismo personal se puede estar con un hombre que gusta de la vida del bohemio y de la francachela, y que no tiene ni fe política ni religiosa.

Es un secreto a voces en Madrid que ese príncipe está en muy buenas relaciones con el régimen imperante, y aún que tiene su lista de algunos miles de duros.
Yo no lo censuro por eso; pero sí por la farsa que representa ante un puñado de ilusos que aun le sigue.
No es el famoso Melgar de esos ilusos, pero sí otro farsante al aparecer adicto a un hombre que TIENE POR POSESO, A QUIEN ES PRECISO HACER LOS EXORCISMOS. Son palabras textuales suyas, que me dijo hace años en París, y se las dijo también a otros carlistas.

No me exprese bien en mi anterior carta, o V. no me entendió; no dije ni podía decir que Doña Berta estaba quejosa de los carlistas; todo lo contrario: los quiere como hijos, y para ellos son sus especiales atenciones. Aquí cuantos la visitaron, aun los más humildes, se sentaron a su mesa para almorzar con ella.

P. José María Paisal
Pontevedra, 4-III-1926

Nacida en Tpeliz el 21 de mayo de 1860, alejada de los ambientes legitimistas tradicionalistas, la nueva Duquesa de Madrid, Doña María Berta de Rohan, se había casado en 1894 con Carlos VII. De alta alcurnia, procedía de la familia de los Rohan, descendientes de los reyes de Bretaña, se habían exiliado en Austria tras la Revolución Francesa y nunca retornaron. Así mismo, era Princesa bohemia con tratamiento de Alteza Serenísima (Durchlauchten) y condesa de Wadstein-Watemberg. Diecisiete años después de la muerte de su marido, Berta de Rohan decidía pasar una temporada en España. Visitó Zaragoza, Vitoria, Burgos, Asturias y Galicia. Entre los acompañantes se encontraban la condesa de Mongeaux, como dama de honor, y el Padre Paisal, capellán del convento de clarisas de Pontevedra, antiguo amigo de Don Carlos. Llegó a visitar al mismo Alfonso (XIII) en el Palacio de Oriente, donde se la rindió honores como Infanta de España, el 1 de febrero de 1926.

La historiografía carlista fue contundente con la figura de doña Berta. El Conde de Rodezno, en su ligera biografía de Carlos VII (Pp. 244-245), decía: la nueva Duquesa de Madrid, mujer elegante, de belleza nada común y arrogante porte, mucho más joven que su marido, se adueñó por completo del espíritu de Carlos VII, que, aun cuando sólo contaba cuarenta y siete años, se hallaba prematuramente envejecido por la intensidad de su vida y preocupaciones. En el orden doméstico, debió hacer feliz a su marido, a juzgar por los fervores que éste le manifestaba: pero doña Berta de Rohan, desconocedora de la historia y significación de la rama carlista española, no convivió jamás espiritualmente con los sentimientos del tradicionalismo español. Su influencia fue enervadora para D. Carlos, que si no perdió el concepto de su representación y el mantenimiento de su actitud –que estas cosas fueron consubstanciales a su naturaleza- , amenguó visiblemente arrestos y entusiasmos. En el orden familiar, su segunda boda fue funesta. Enfriáronse las relaciones de los hijos con el padre. Su heredero, D. Jaime de Borbón se alejó del Palacio de Loredán y vivió espiritualmente divorciado de su padre, dando a su vida de Príncipe sin situación un sesgo aventurero en arriscados viajes y lances guerreros con el ejército ruso, o donde la ocasión se le brindase.


Pero, el más furibundo detractor de la Duquesa de Madrid fue el secretario de Carlos VII, Francisco Martín Melgar, 
Conde de Melgar. En Veinte años con Don Carlos la dedicaba un capítulo entero (Cap. XXIV)[4] despachándose a gusto con la egregia señora. Para Melgar, el matrimonio sería funesto, debido al “fútil sentimiento de vanidad, de carácter dominante. Aquella infeliz señora era un fenómeno patológico y padecía […] de “paranoia acutísima” y consiste en una irresistible tendencia a mentir sin objeto y sin necesidad las más de las veces, sólo por no decir la verdad. Muy hábil y muy astuta no tardó en conocer el flaco de su marido, que consistía en no dejarse dominar por su mujer, y cifró todo su empeño en aparecer como la más sumisa de las esposas. [...]Tuvo la diabólica idea de hacer creer a su marido que don Jaime había querido abusar de ella, permitiéndose atentar contra su pudor.

Y quizá el episodio más conocido es la quema del archivo del palacio de Loredán. En el capítulo sexto del primer libro de El Quijote, el cura y el barbero realizaban el escrutinio de la biblioteca del hidalgo, quemando todos los libros dañinos. Doña Berta de Rohan decidió representar los dos papeles en esta tragedia. Una fuente preciosa para el estudio del Carlismo desapareció de forma tan banal.

Por parte de Francisco de Melgar, la crítica no era menor; hijo del conde de Melgar y secretario de Jaime III, escribía en Don Jaime. El Príncipe caballero[5]: había logrado adueñarse por completo del espíritu y de la voluntad de su esposo, imponiéndole a su antojo sus convicciones y sus sentimientos. Desde su llegada al palacio Loredán, doña Berta sintió el odio más cordial hacia los hijos del primer matrimonio, odio que contribuyó a hacer de ella durante quince años el mal genio de la familia de don Carlos. […] no cesó en su funesto afán hasta que consiguió separar por completo al padre y al hijo; don Carlos, en sus últimos años, llego a creer que la única persona que no pretendía abusar de él y engañarle era su segunda esposa, a quien estaba entregado de tal manera que ésta logró persuadirle que iba a quedarse ciego si no renunciaba a pasar tantas horas al día leyendo y escribiendo.[…] De esta manera, no pudo tener conocimiento de los asuntos políticos y familiares, sino por el intermediario de su mujer.

Melgar llegó a afirmar que padre e hijo rompieron todas las relaciones en 1905, por influencia de María Berta, tras la vuelta del Príncipe de Asturias de la guerra de la Manchuria. En el palacio Loredán, Carlos VII habría recibido a su vástago con estas duras palabras: ¿Quién te ha dado permiso para venir? Esta casa no es un mesón, donde se entra pagando; ¿Cuándo piensas marcharte? [...] (El Príncipe) no había de volver a ver a su padre en vida[6]. Sin embargo, esta afirmación no se sostiene, en cuanto Carlos VII mandaba un telegrama[7] en 1907 a Barrio Mier, desde Venecia, que decía: He tenido el consuelo de abrazar a mi hijo.

Las viudas y albaceas han sido los enemigos del patrimonio carlista


La publicación de la correspondencia entre Carlos VII y Barrio Mier amplió las fuentes documentales sobre el último periodo del monarca. Jaime de Carlos, autor de Cartas inéditas de Carlos VII, pedía una revisión del papel de Berta de Rohan y de la supuesta dejadez del reclamante en sus últimos años, pues no correspondían con la realidad.

Aún así, el personaje de Doña Berta ha mantenido su mala imagen al evitar el matrimonio de don Jaime con la Princesa Matilde (por envidia de casta según Melgar hijo), desatar las intrigas en el partido y frustrar la inteligencia con el General Weyler, conspiración que habría acabado con Don Carlos en la corte de Madrid. Autores más tardíos como Jaime del Burgo[8] la tildaba de hada perversa del carlismo y afecta a la Corte de Madrid, mientras que Juan Balansó[9], juanista, la describe como la típica madrastra de cuento.


[1] Esta defensa de Carlos VII aparece en el epílogo y confesión política de “Mi romería”. El relato periodístico aparece integrado en PARDO BAZAN, Emilia: Viajes por Europa. Madrid: Bercimuel, 2003.
[2] Pág. 244  en MELGAR, Francisco: Don Jaime. El Príncipe caballero. Madrid: Espasa-Calpe, 1932.
[3] La carta se encuentra en el Archivo Nacional Histórico (DIVERSOS-ARCHIVO_CARLISTA,134, EXP.4.)
[4] MELGAR, Francisco: Veinte años con Don Carlos: memorias de su secretario el Conde de Melgar. Madrid: Espasa-Calpe, 1940.
[5] Pp. 103-104 en MELGAR, Francisco: Don Jaime. El Príncipe caballero. Madrid: Espasa-Calpe, 1932.
[6]Pp. 104-105 en Ídem.
[7] Pág. 207 en DE CARLOS, Jaime: Cartas inéditas de Carlos VII. Madrid: Montejurra, 1959.
[8] Pág. 271 en DEL BURGO, Jaime: Conspiración y guerra civil. Barcelona: Alfaguara, 1970.
[9] Pág. 44 en BALANSO, Juan: Los Borbones incómodos. Barcelona: Plaza-Janés, 2000.



miércoles, 12 de septiembre de 2012

Las Memorias de Alfonso Carlos: Lunes 12 de septiembre de 1870.


LUNES 12 DE SEPTIEMBRE DE 1870

Mapa de Roma. Clica para aumentar.

En este día en que cumplí mis 21 años, hice mis devociones en el Jesús; y ya preveía que me faltaría el tiempo para hacerlas otro día. Recibí hoy la primera carta de María de las Nieves, la que me causó la mayor alegría. Casi toda mi Compañía tuvo que ir a la Puerta del Pópolo para trabajar en las barricadas y no la relevaron hasta el siguiente día por la mañana. Los trabajos se hacían con toda prisa, pues se creía que íbamos a ser atacados muy pronto.

Yo di ayer una vuelta en coche con el Teniente Derely, saliendo de Puerta del Pópolo y entrando por Puerta de San Juan Laterano. La puerta Salara estaba cerrada y llenada de tierra por dentro. Delante de la Puerta Pía, la que quedó del todo abierta, se estaban concluyendo los terraplenes y las barricadas. Puertas San Lorenzo y Puerta Maggiore estaba ya cerradas y llenadas de tierra.

Encontramos a varios paisanos que se veía que no eran romanos, sino oficiales italianos disfrazados que iban examinando las murallas por fuera. Fue la última vez que di un paseo. Por la noche supimos que todo el día habían estado pasando la frontera tropas italianas en gran número y en varios puntos. El Coronel Allet, que mandaba el Regimiento de Zuavos, recibió un parte telegráfico del Teniente Coronel de Charette, desde Viterbo, en el que le anunciaba que gran número de italianos marchaban sobre Viterbo, y decía que el Subteniente de zuavos de Kervin, que se hallaba con veinte zuavos en Bagnorea, había quedado prisionero de los italianos. 

El Subteniente Kervin tenía orden de no abandonar ese punto más que cuando estuviesen ya allí los italianos: y habiendo él cumplido la orden, se encontró rodeado por 15.000 hombres; se defendió por un poco de tiempo, pero al fin tuvo que rendirse, y creo que quedaron heridos algunos zuavos. Esta noticia nos dio mucha lástima y ya empezamos a temer que le sucediese lo mismo también a Charette, el que tenía orden de esperar que llegasen los italianos y sólo entonces retirarse sin hacer resistencia.

Empezaron luego a llegar noticas de Civitá Castellana, donde había la quinta Compañía del cuarto Batallón de Zuavos (Capitán de Resimont) y la Compañía de disciplina, mandada por el Capitán Rufini, de línea indígena.

Civitá Castellana
Los telégrafos de Roma a Civitá Castellana ya estaban cortados; de suerte que nada de fijo pudimos saber entonces. Los italianos, según oímos después de muchos días, bombardearon el pequeño fuerte de Civitá Castellana por más de una hora y le rodearon con 20.000 hombres a lo menos. El comandante del fuerte resistió todo lo que pudo, causando bastantes pérdidas al enemigo, pero a lo último viendo que la población iba a ser destruida y sin provecho, y después, sabiendo positivamente que de Roma nadie iría a ayudarle y que toda resistencia sería inútil, se decidió a capitular por la tarde. La Compañía de Zuavos y la otra salieron del fuerte y entregaron las armas según todas las formalidades acostumbradas. Los zuavos tuvieron algunos hombres heridos y creo que algún muerto también. Muchos pensamos en Civitá Castellana, pues en Roma se contaban toda suerte de noticias, y no se podía saber la verdad. 

sábado, 8 de septiembre de 2012

Las Memorias de Alfonso Carlos: Jueves 8 de septiembre de 1870.



Fiesta de la Natividad de la Virgen (De Zouaves Pontificaux)

JUEVES 8 DE SEPTIEMBRE DE 1870

Fiesta de la Natividad de la Virgen. S.S. el Santo Padre fue a Santa María del Pópolo; yo estuve todo el tiempo de servicio en la plaza del Pópolo, donde había un batallón de Zuavos. Al marchar nos dieron la noticia de que los italianos  habían pasado la frontera. Nosotros, los oficiales, nos alegramos muchísimo; hicimos un almuerzo muy alegre en la pensión San Silvestre, pensando que ya nos batiríamos por la tarde. Pero luego se supo que no era verdad y que nada había de nuevo. Desde muchos días toda la tropa estaba consignada en los cuarteles con las mochilas hechas. No podían salir para corvés[1] menos de cuatro soldados juntos y siempre llevando sus carabinas.


La Plaza de Santa María del Pópolo





[1]Los corvés son trabajos duros y costosos.

martes, 1 de mayo de 2012

Jaime III y el requeté jaimista vallisoletano.




          Eran otros tiempos. La juventud tenía sangre en las venas. Por las calles corrían panfletos que decían: “Requetés: al insulto contestad con la bofetada; a la bofetada con el palo; al palo con el tiro. ¡Viva España! ¡Viva Don Jaime!

                 Tras la escisión de Mella, las juventudes jaimistas se multiplicaron por España. Bajo la bandera legitimista, defendían al rey. Y el propio Don Jaime, rey guerrero, curtido en el campo de batalla, se inclinaba a la lucha: “El orden social tan quebrantado por la revolución peligra en sus últimos fundamentos. Y no tanto por el empuje de las turbas anárquicas sino por la cobardía de los poderes que pactan con ellas para salvar, entregándose en rehenes, la vida y el interés. En la lucha violenta que se acerca entre la civilización y la barbarie, a nadie cedo el primer puesto para pelear en la vanguardia por la sociedad y por la patria. Jamás el temor a las iras terroristas me hará retroceder un paso en el camino del deber. Soy español y en mi programa no hay sitio para el miedo”.

PD: Nuestro agradecimiento a M.H.B. que nos ha facilitado las fotografías del banderín jaimista de Valladolid.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Carta del rey Javier a S.A.R Don Antonio de Habsburgo



Mi querido Antonio:


Agradezco tu carta fechada el 10 de julio, escrita en Madrid y puesta en el correo de Hendaya el 23 de este mes, que he recibido ayer en Lignières, en la que me pides renunciar a mis derechos y deberes como jefe de la Comunión Tradicionalista Carlista de España.


Tengo que aclarar terminantemente mi posición por atención personal a ti:

La Casa Imperial de Habsburgo-Lorena-Austria había renunciado definitivamente para sí y para todos sus descendientes al trono de España en los célebres Tratados de Utrecht y Rastad, de 1713 y 1714.

La Ley fundamental de las Casas de Austria y de Borbón era la Ley Sálica. Ella excluía de la sucesión al trono toda herencia femenina hasta la muerte del último varón de la Casa.


La sola funesta derogación de esta Ley fue hecha por el Rey Don Fernando VII en los últimos momentos de su vida instituyendo como sucesor a su hija doña Isabel en lugar de su hermano Don Carlos V. De ahí el origen dinástico de las tres guerras carlistas.


Tú me pides ceder mis derechos y deberes a ti para unificar el Partido Carlista y evitar las disgregaciones entre carlistas.

No puedo ceder ninguno de mis derechos y deberes a guiar a la Comunión Tradicionalista Carlista que me fue impuesto por el Rey don Alfonso Carlos y que cumpliré Dios mediante, hasta su conclusión en la Monarquía.

Mucho menos puedo renunciar a los derechos de mi hijo Carlos, que es mayor de edad.


El rey Don Alfonso Carlos declaró que mis derechos y los de mi estirpe , a la sucesión dinástica, no se perdían por mi designación para la regencia de la Comunión Tradicionalista Carlista.


En este asunto hemos de contar con las exclusiones legales y no podemos olvidarlas.


Mi decisión de Barcelona de 1952, tuvo todo en cuenta. Esta decisión la he ratificado en muchos solemnes actos y documentos, y últimamente en mi mensaje de 12 de diciembre de 1957.


La Comunión Tradicionalista asiste en mis derechos y deberes que son los de la legitimidad tanto de origen como de servicio, teniendo presente las exclusiones legales.

La asistencia que me da la Comunión Carlista se manifiesta constantemente en todas las regiones. Esta voluntad del pueblo carlista es unánime, pues sólo hay fuera pequeños grupos que son inevitables en las cosas humanas, pero no cambian la realidad general. Espero que todos estos grupos acabarán volviendo a la disciplina y yo recibiré siempre a los buenos carlistas, como a todos los españoles.


Te pido, querido Antonio, de no continuar actualmente una escisión que ya estaba extinguida. Tus actuaciones ni pueden perturbar y ni impedir el fin y la razón de ser del establecimiento de la Monarquía en España, sostenida desde tantos años por la Comunión Tradicionalista Carlista y por tantos buenos españoles monárquicos.


Quiero recordarte también la promesa que hiciste a tu jefe de familia hace unos años de abstenerte de toda intervención en la política de España.


Que Dios te guarde, mi querido Antonio, quedo tuyo


Francisco Javier


Ligniéres (Cher) 31 de julio de 1958.


martes, 8 de diciembre de 2009

¿Qué es Tradicionalismo?





Tradicionalismo, de consiguiente, es el amor a los principios y deducciones de la Tradición, es su estudio y desarrollo y defensa, es el sistema que tiene por objeto establecerlos prácticamente en España; y en virtud de esto, son absolutamente contrarios al espíritu y al programa tradicionalista, tanto los abusos del poder público como la sedición contra la autoridad legítima, así el absolutismo oligárquicos y demagógicos, lo mismo la opresión de la libertad que la autorización de la licencia, igual los antiguos despotismos que los despóticos liberalismos flamantes.

El tradicionalismo nada tiene de crédulo aunque es creyente, no restaura rigorismos extremos aunque es católico; es íntegro sin ser extremado, es intransigente sin ser intolerante, es moderno sin ser modernista, nada tiene que ver con el reprobado tradicionalismo de los Ráulica y los Bonald, ni con el absolutismo galicano de los Bossuet y Luis XIV, ni con el regalismo jansenista de los Pimentel y los Chumacero; defiende principios naturales y cristianos de buen gobierno monárquico, no demasías cortesanas ni privados intereses de dinastías o de favoritos; es de herencia nacional de enseñanzas y procedimientos sanos, que no de tiranías y vetusteces insanas; da origen divino a la autoridad, no al derecho personal de ejercerla, que es humano; y si por derecho divino presta obediencia a los gobernantes que la ejercen rectamente, también por derecho divino pueden negarla a los que la ejerzan tiránicamente.

Tanto se aparta la influencia de los Nithard, como de las infamias de los Godoy; tan lejos va de la mitra de los Opas, Gelmírez y Fonsecas, como de la privanza fatal de los Lunas, Olivares y Oropesas; lo mismo reprueba a la funesta bonachería de Carlos II y Carlos IV, que las tiranías de Felipe V y Fernando VII; si le agrandan reyes como San Fernando, Isabel la Católica, Carlos I y Felipe II quiérelos ver con la investidura de todos los modernos adelantos legítimos; recoge todo lo bueno de las leyes, mas no todas las obras de los reyes; es españolísimo y no dinastisimo, es regionalismo y no centralización; no es francés ni alemán, no es Austria ni es Borbón; es español y españolista, es patria y nación y bandera y se llama España.

España, no partido, antes exige el acabamiento de los partidos, bien admite que admite y respeta la variedad de escuelas y tendencias españolistas dentro de la unidad tradicionalista; porque, en suma, el Tradicionalismo no es más que el españolismo de los siglos, neto, auténtico, legítimo, probado, que no está reñido con la variedad de opiniones honestas y quiere en lo necesario, unidad; en lo dudoso, libertad ; y en todo, caridad.

Si en tiempos que ya pasaron hubo tradicionalistas creyente que de buena fe en los reyes de derecho divino personal o dinástico, y de defensores de la potestad absoluta y de rigorismos extremados, fue porque las extremadas circunstancias de sus días eclipsaron por algunos momentos la verdadera Tradición católica-monárquica de las Españas y porque la clara explicación y aplicación de ella, como de las ciencias mismas, sólo podía venir con el curso de los tiempos.

Oponiendo ardorosos la fortaleza de su celo a las violencias de la malicia revolucionaria , no advirtieron que antes del gobernante es el pueblo; antes del derecho regitivo de la persona ó dinastía designada, el derecho designativo que por ley natural tiene la sociedad; pero bien sabían y propugnaban que no se hizo el pueblo para el rey, sino el rey para el pueblo, y la libertad que es santa y se debe proteger su uso cuanto reprimir su abuso, como de cualquier otra facultad ó virtud moral, por los cual no debían haber consentido que les usurpase la hermosa palabra de Libertad ese sistema opresor y corruptor de la libertad misma, que por antífrasis tomó el nombre de liberalismo.

De la revista valenciana “Tradición y Progreso”Año 1912